



trágica
e inesperada muerte de Diana de Gales y además ha reclamando,
con grande insistencia, una clara manifestación de dolor humano
en la Corona, egregio símbolo del frío Estado Británico,
y la
manifestación
de la Reina fue mucho más
lejos de lo que un latino pudiera haber esperado de los aparentemente
hieráticos y distantes monarcas de los anglosajones.
El Reino Unido, que en esta historia llamaré INGLATERRA,
dejó de ser parte del Continente tras la recesión glaciar.
"Insular pero no aislada", separada del resto del
Continente por una estrecha y poco profunda franja de agua fue el gran
paraíso refugio de diversos pueblos continentales que sucesivamente
invadieron la lejana Thule. Desde los Iberos (procedentes de España)
hasta los
Normandos,
pasando por los Celtas, Romanos, Sajones y Daneses (Vikingos) las invasiones
de la isla verde se suceden durante siglos dando lugar a una cultura, una
personalidad y una forma de estado que la diferencian claramente de sus
vecinos europeos.
on
una intensidad, nada frecuente ante otros acontecimientos, y tanto los
vecinos próximos como los lejanos se sintieron, influidos por un
despliegue informativo sin precedentes, integrados y satisfechos por la
magnífica escenificación del dolor
británico, que durante varios días fue reflejo de su
propio dolor por la muerte de una famosa
y ya legendaria princesa celta, alta, de cabellos de oro y blanca piel,
que fue capaz de conmover miles de millones de corazones que se han unido
a los de las bellas islas del Atlántico en una especie de rito idólatra
de alcance mundial.Diana de Gales, Lady Di, Lady Diana Spencer, inició
el último día de agosto de
1997
un mágico viaje, desde el Ritz de París hasta su morada final
en Althorp Hall, donde llegó transformada en el primer mito de siglo
XXI. Un personaje peculiar que se incorporará a la galería
de seres de leyenda universal y que ha conseguido hacer temblar los cimientos
de la casa real inglesa y de los moradores del Palacio de Buckingham, residencia
real desde 1837 que fue construida por el Duque de Buckingham en 1703 y
adquirida por el Rey Jorge IV en 1762.
No
creo que la Historia haya conocido una más espectacular y rápida
resurrección de la imagen de ser divino o humano, ni creo
que se ha haya producido un fenómeno similar en la historia de otros
planetas. Han corrido millones de litros de tinta, se han impreso miles
de millones de periódicos y revistas y se han distribuido cientos
de miles de imágenes y sonidos en todas las ediciones gráficas
y electrónicas, analógicas o digitales, del mundo. Sensibilidad
y sensiblería han emanado por todos los poros de una humanidad que
colectivamente ha sentido deslizarse por su alma o su piel una lagrima
de compasión por la Lady de nuestra era. Tardaremos en asistir a
un fenómeno similar y solo Dios y Hollywood
saben lo efímero o perdurable que puede ser su recuerdo. Será,
en fin, lo que los medios de comunicación quieran.
Tanto
la Reina Isabel y el Príncipe Carlos como el Gobierno de su Majestad
saben sobradamente que deberán hacer gala de gran imaginación
para evitar males mayores a una institución que en no pocas ocasiones,
a lo largo de la historia de Inglaterra, se ha visto zarandeada por la
opinión de un pueblo, exigente con sus reyes, que es capaz de destronarlos
y reemplazarlos cuando defraudan las esperanzas que ha depositado en ellos.
Once dinastías se han sucedido durante los últimos once siglos
y desde el primer monarca de toda Inglaterra, el Rey Egbert de Wessex (802-839).

esta
tradición que acarrearía la de otras muchas de ese pueblo
encantador que ha sabido resistir el vulgar deterioro político
en el que lo
Alfredo
el Grande, Guillermo el Conquistador, Arturo, Enrique VII y Victoria, reyes,
entre otros muchos, cuya mágica huella no ha borrado el tiempo,
deberán negociar con Diana, en el Walhalla, el paraíso de
los anglosajones, y bajo el arbitraje de Odín, Thor y Freya, la
forma de reconducir los impulsos del pueblo que le llora conmovido por
su desaparición. Carlos debe ser Rey y Diana debe ser colocada en
un lugar preferente entre las Walkirias celestes y
proteger desde allí el mantenimiento de la magia
de una monarquía que ella no supo entender pero que, secularmente
y sin interrupciones, presidió el destino de un pueblo que siempre
destacó en la historia latina y cristiana, en el desarrollo de la
civilización de nuestro mundo y en el progreso de los pueblos de
su ya lejano Imperio.
Somos solo unos cuantos guerreros románticos los que seguimos creyendo que en el sentido contrario al devenir común está la verdadera esencia y la magia de la vida y yo Diomedes inspirado por mi entrañable compañero de armas Aquiles, el de los pies ligeros y corta vida, quisiera elevar desde esta publicación electrónica del siglo XXI un canto de inmensa confianza en la nación inglesa, en su monarquía y en su legítimo y paciente heredero, el Príncipe Carlos, resumiendo su historia conocida en las páginas de nuestra WEB. Historia que basada en la "Historia de Inglaterra" de André Maurois me permitirá unir, jugando con la magia de la máquina del tiempo, las epopeyas Homéricas en las que participé, a la epopeya de la Gran Nación Anglosajona.






