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El Juicio a Sócrates
Por Mercedes Albi Murcia
Vocal 1ª del Ilustre
Colegio de Procuradores de Madrid

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A principios del siglo IV a. C. tiene lugar el último acto de la época dorada de Atenas, iniciada cien años antes con la victoria sobre los persas y que había alcanzado su apogeo con el gobierno de Pericles. Ahora, después del desastre de la guerra contra Esparta y la peste que había diezmado a sus habitantes, la ciudad iba a emprender un proceso judicial que acabaría con el último vestigio de su grandeza moral.

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Sócrates, rodeado de amigos y discípulos, toma la cicuta
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Atenas, año 399 a.C. Aun faltan pocas horas para el amanecer cuando el silencio de la noche se rompe en las callejuelas de Atenas. Los seis mil heleutas -ciudadanos a los que se les atribuye la tarea de enjuiciar- salen de sus casas para acudir a los tribunales, guiados por las lámparas de aceite de sus jóvenes criados que sortean los obstáculos de una urbe cuyas casas están trazadas de forma irregular por las pendientes de las colinas situadas a los pies de la Acrópolis. La ciudad carece de iluminación, sus calles no están pavimentadas, y no tiene sistema de alcantarillado. La modestia de las viviendas contrasta con la suntuosidad de los edificios públicos y templos, pero esto no se debe al puro azar sino que es consecuencia del sistema de valores por el que se rigen los habitantes del Ática. La ostentación personal está mal vista: “Nada en exceso”,  proclama el  precepto délfico; y  Sócrates, el más sabio de entre los ciudadanos, comenta en el diálogo “Fedro” (Platón, 297c.Gredos):

 

“Sócrates.- Oh, Pan querido, y demás dioses de este lugar, concededme el ser bello en mi interior. Y que cuanto tengo al exterior sea amigo de lo que hay dentro de mí. Ojalá considere rico al sabio y sea el total de mi dinero lo que nadie sino el hombre moderado puede llevarse consigo o transportar. ¿Necesitamos pedir algo más, Fedro? A mi lo que he suplicado me basta.

Fedro.- Suplicadlo también para mí, puesto que son comunes las cosas de los amigos”.

 

Pero aquel antiguo esplendor en el que todo giraba en torno al hombre como medida de todas las cosas, donde el arte alcanza una de sus cumbres más gloriosas y se encuentra el germen del pensamiento filosófico y político sobre el que occidente asentará sus bases, está próximo a quebrarse. Los heleutas van camino de cometer una gran injusticia, el propio Sócrates  -considerado no sólo como el hombre más sabio sino también más justo- va a ser procesado.


Una  de las características fundamentales de la justicia ateniense era que siempre debía ser rogada. Si determinado hecho, por muy grave que fuera, no era denunciado, no se juzgaba. No existía, por tanto, la posibilidad de que se impartiera de oficio si no había una denuncia previa por parte del perjudicado o de su representante. Por tanto, ¿quién denunció a Sócrates? Se admitía que si el daño objeto de la denuncia no afectaba a la esfera privada (díckai) sino al interés general (grafaí), se pudiera interponer por cualquier ciudadano que lo deseara (ho boulomenos) al considerarse que afectaba a todos.


Sócrates fue denunciado por tres ciudadanos: Meleto, Anito y Licón. Pero ellos no fueron más que los portavoces de una tendencia social generalizada que consideraba a Sócrates molesto. En los escritos de Platón, según Gregorio Luri, existen referencias a una extendida infamia sobre su maestro, el cual llega a manifestar: “Si se me condena no será por la acusación de Meleto y Anito, sino por las calumnias de la gente”. Siempre se le había reprochado que osara investigar tanto sobre las cuestiones de arriba (las celestiales), como sobre las de abajo (las terrenales); de tener el poder de manipular los argumentos de los vencidos haciéndoles parecer como vencedores, y de la enseñanza de esta práctica poco ética a sus alumnos. Es curiosa y significativa la referencia alusiva a que entre los acusadores antiguos -los que extendían falsos rumores sobre su persona- hay “un cierto autor de comedias”. No es otro que el famoso Aristófanes, pues Sócrates aparece ridiculizado en varias obras suyas como “Las nubes”, “Las aves” y “Las ranas”. Sin ahondar en más detalles se puede resumir el núcleo acusatorio en dos motivos fundamentales: la impiedad hacia los dioses y corromper a la juventud con sus enseñanzas.


Ser juzgado en la Atenas clásica no era una cuestión sencilla. Además los juicios se celebraban en una sola sesión y no cabía apelación posible del fallo. La potestad judicial se ostenta por delegación de la Ecclesía (asamblea de todos los ciudadanos) que elegía cada año a los nueve arcontes encargados de presidir los tribunales e instruir las causas repartidas según la materia a enjuiciar. Los jueces arcontes celebran a su vez un sorteo por el que se nombra a los seis mil heleutas o miembros que compondrán los jurados. La elección se efectuaba entre todos los ciudadanos mayores de treinta años que no estuvieran privados de sus derechos (atimia).


Pero los sorteos no acababan aquí sino que los atenienses, llevados por la obsesión de  garantizar la imparcialidad de los veredictos, intentaban a toda costa impedir que se pudiera conocer de antemano quiénes iban a constituir un tribunal concreto. Esto complicaba mucho el acto del  juicio puesto que no es difícil imaginar el alboroto que se armaría cuando, en el mismo día del señalamiento, acudían a sala la totalidad de los seis mil heleutas durante las horas previas al amanecer. A pesar del madrugón sólo unos quinientos de ellos eran elegidos, el resto podían regresar a sus casas. Aristóteles dedica tres capítulos de la “Constitución de Atenas” a efectuar una somera descripción del sorteo, que comienza cuando al llegar a la sede judicial los heleutas se identificaban entregando una tablilla de bronce con su nombre grabado, la cual se colocaba en un aparato de sortear (cleroteria). 


En la sala, desde una tribuna más elevada (bema), presidía la sesión el magistrado arconte  junto con un secretario, flanqueados ambos por los arqueros escitas que ejercían funciones de policía. Enfrente, sobre un estrado más bajo se colocaban a derecha e izquierda los litigantes. Los jurados heliastas se sentaban en unos bancos cubiertos con esterillas de junco y la zona destinada al público se separaba mediante una cuerda.


La audiencia comenzaba con una señal del juez-arconte y se procedía de inmediato a cerrar la puerta. El secretario, funcionario público, leía el acta de acusación y una respuesta escrita que presentaba la defensa. A continuación el juez-arconte concedía primero la palabra al demandante y luego al demandado. Aunque las partes podían interpelarse entre sí e incluso preguntar a testigos, los tiempos de las intervenciones eran limitados. La denominada clepsidra era un reloj de agua, un recipiente que se llenaba con unos 39 litros (cuarenta minutos) dependiendo de la gravedad de la materia a enjuiciar. Por un caño iba saliendo el líquido hasta que se agotaba quedando de esta forma regulado el tiempo.


Terminadas las intervenciones de las partes, el jurado votaba la culpabilidad o la inocencia colocando una ficha en unas urnas dispuestas en el centro. El recuento se efectuaba por mayoría simple, y su resultado podía provocar lo que consideramos como el primer antecedente histórico de la actual condena en costas, ya que para evitar denuncias falsas por la incomodidad que suponía celebrar muchos juicios, en caso de que se produjera la absolución del acusado con un recuento menor del cinco por cien de los votos de culpa, se condenaba al denunciante al pago de una multa o incluso a la pérdida de los derechos de ciudadano (atimia).


La aproximación se impone necesariamente a la certeza cuando se intentan desentrañar las profundas razones que llevaron a Sócrates, en contra de los consejos de sus amigos, a no defenderse de una forma adecuada frente a una acusación que le iba a conducir a la muerte. No existe ningún documento escrito por el propio filósofo. Las dos fuentes fundamentales que narran lo acaecido se encuentran en la obra de Platón y Jenofonte.


Ambos difieren en las razones que tuvo Sócrates para no oponerse a su condena. Así, Platón en el “Fedón” se centra en la idea de que a Sócrates no le importa morir puesto que el alma preexiste al cuerpo y es inmortal. La vida y la muerte se suceden engendrándose la una a la otra como el placer y el dolor, la noche y el día… Pero creo que no se debe caer en el error de interpretar los “Diálogos” de Platón desde la óptica de una pretendida vocación histórica limitada a ceñirse al mero relato de unos hechos, sino que el maestro es utilizado por su discípulo como actor para exponer unas ideas que pueden ser tanto propias como compartidas. Platón era uno de sus discípulos más jóvenes. La muerte de Sócrates cambió el rumbo de su vida y sus enseñanzas fueron el motivo inspirador de su obra.


Jenofonte
, menos docto pero más realista, era un militar, un hombre de acción. No fue testigo directo, pues se encontraba participando en la expedición de los diez mil, relatada por él mismo en la “Anábasis”. En su “Apología de Sócrates”, la diferencia con  Platón estriba en considerar, como factor determinante para la aceptación de la muerte, el que Sócrates tuviera setenta años. Por esta razón no le importa morir puesto que ya poco podía esperar de la vida. La indignidad de una posible huída no compensa una muerte que le libera de los previsibles achaques de la vejez. Hay unanimidad al pensar que donde Platón y Jenofonte coinciden se encuentra el Sócrates verdadero.


Es un hecho constado que, en el juicio, Sócrates rehusa defenderse de una forma efectiva. Así, no acepta la ayuda de Lisias y se defiende a sí mismo sin una clara voluntad de convencer al Jurado, en un tono que Jenofonte denomina “megalegoría”, es decir, grandilocuente, no ajustado a las circunstancias pero conscientemente. Es posible que tal vez Sócrates, ante la falsedad de las acusaciones, considerara que el defenderse de las mismas fuera una forma de aceptar su veracidad.


El jurado, en una primera votación, le declara culpable por una escaso margen de votos. Como las leyes no preveían pena concreta para los delitos imputados, se le ofrece la posibilidad de proponer una pena. Podía, en consecuencia, haber elegido el destierro o una multa, pero vuelve a irritar al jurado no acatando el veredicto y solicitando que se le pague una pensión a expensas públicas por los servicios prestados a la comunidad. Es entonces cuando el tribunal, al considerarse ofendido, vota mayoritariamente la condena a muerte.


Sócrates es llevado a prisión, transcurriendo treinta días entre el juicio y su muerte. Durante este tiempo también se niega a aceptar los planes de huida que le proponen sus seguidores. Cita Jenofonte que, ante las lágrimas de sus amigos, les respondió:

 

“¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando os ponéis a llorar? ¿Acaso no sabéis que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza?” (…) Se encontraba presente un tal Apolodoro, amigo apasionado de Sócrates, pero por lo demás persona simple, que dijo: “Pero es que yo, Sócrates, lo que peor llevo es ver que mueres injustamente”. Y entonces Sócrates, según se cuenta, le respondió acariciándole la cabeza: “¿Preferirías entonces, queridísimo Apolodoro, verme morir con justicia que injustamente?” y al mismo tiempo le sonrió.

 

Sócrates ingiere la cicuta dando muestras de una serenidad absoluta ante la consternación y dolor de los amigos que le acompañaban. Respeta las leyes en todo momento sin considerar la posibilidad de una fuga que las contravenga. En el hermoso dialógo del “Faidón”, Platón describe así palabras de su despedida: “O con la vida termina todo, y entonces la paz del sueño se trueca en paz eterna, o la vida prosigue en otro lugar, y entonces allí proseguiré mis preguntas y mis averiguaciones”. Sócrates acepta la muerte, nunca se lamenta, sella con su vida la firme creencia en las ideas que había enseñado.


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