La escritura pictográfica, en la que cada grafismo correspondía
a una sílaba, fue evolucionando y estilizándose. Se conoce la
existencia de composiciones literarias desde el año 2400 a.C. Después
del ascenso al poder de Sargón I de Acadia (2300 a.C.), la
lengua acadia también comenzó a escribirse empleando escritura
cuneiforme. El sumerio no esta relacionado con ninguna otra lengua, pero
el acadio es semítico, como el arameo, el hebreo y el árabe.
El asirio y el babilónico son dialectos del acadio, y durante
dos mil años fueron utilizados para registrar todo tipo de cosas en
escritura cuneiforme, desde crónicas reales hasta cartas privadas,
litigios, poesía y conjuros mágicos, de alguno de los cuales
se hacían numerosas copias. También se emplearon otros alfabetos,
como el jeroglífico hitita, y el lineal elamita. Pero el predominante
fue el cuneiforme con el que los persas grabaron todos sus monumentos.( Archivo palacio de Ebla)
El alfabeto fonético, con una treintena de signos, fue inventado por los caldeos, alrededor del año 1500 a.C., y tuvo un gran desarrollo en Fenicia (Líbano junto a Palestina), donde se redujo a unas veintidós consonantes; más tarde serían los griegos, tras importar el alfabeto fenicio, los que añadirían las vocales, alrededor del año 800 a.C., quedando configurado el alfabeto precursor del que ha llegado a nuestros días. Después de las conquistas de Alejandro Magno en Asia, entre los años 333 y 323 a.C., la escritura cuneiforme perdió vigor con la introducción de la escritura alfabética aramea o caldea, que era mucho más cómoda. El último texto cuneiforme data del año 75 d.C. Por su parte, los egipcios importaron la escritura de Mesopotamia, pero la escritura jeroglífica es única y de desarrollo autóctono, las primeras muestras se remontan a mediados del III milenio a.C.
Escribas asirios
Durante los siglos XVII y XVIII, unos viajeros europeos descubrieron
entre las ruinas de Persépolis, ciudad Persa edificada en tiempos
de Darío I (521 - 486 ane.), una serie de inscripciones que copiaron
y llevaron a Europa. De estas inscripciones indescifrables se hicieron numerosas
copias para su estudio por los eruditos, pero las primeras certeras interpretaciones
se deben a un alemán de veintisiete años, estudiante de filología
dedicado a la docencia, por una apuesta con unos amigos en una noche de francachela.
Georg Friedrich Grotefend (1775-1853), se comprometió a encontrar
la clave para descifrar la escritura cuneiforme, basándose en unas
malas copias de las inscripciones. Afrontó el problema con espíritu
juvenil y desenfado y logró lo que los mejores especialistas de la
época no habían conseguido. En el año 1802 presentó
a la Academia de Ciencias de Gotinga sus primeros resultados que tituló
"Artículos para la interpretación de la escritura cuneiforme
persopolitana".
Georg no contaba con una Piedra Roseta, escrita en tres lenguas, como la que empleara Champollión, encontrada en Egipto durante las campañas napoleónicas. Tampoco conocía la lengua a la que aquellos signos correspondían, pero se aplicó a la tarea con método, sencillez y lógica realizando un minucioso estudio del texto. Primero comprobó que aquellos signos no eran un adorno, como muchos expertos creían. Luego descubrió que la escritura se realizaba de arriba abajo y de izquierda a derecha. Después identificó la repetición de las supuestas palabras, que al proceder de tumbas de supuestos reyes, deberían contener la palabra "rey" "gran rey" "rey de reyes" "hijo de..." y algún grupo de signos repetitivo que pudieran ser el nombre de algunos de los reyes que los historiadores, desde Herodoto, habían reseñado en sus crónicas. Así, tras diversas pruebas y tanteos, consiguió descifrar unas doce letras de escritos en los que figuraban el nombre del rey Darío y de su padre, Histaspes, que los griegos escribían, de diversas formas, de acuerdo con la fonética persa de su época.
Es extraño que se tardara más de treinta años, después de los avances del joven alemán, en llegar a los posteriores descubrimientos, decisivos para la interpretación de la escritura cuneiforme, de el francés Emile Burnouf y el noruego Christian, cuyas investigaciones se publicaron en 1836. Sin embargo, el nombre del alemán apenas es recordado a pesar de sus pioneros hallazgos que fueron decisivos para conocer la historia de la primera civilización ilustrada que existió sobre el planeta. Más tarde, fue Robinson el que remató todo lo anterior al difundir, entre los estudiosos de las lenguas del pasado, todos los conocimientos existentes sobre la escritura cuneiforme. Una idea de la riqueza del material que ocultaba el país de los dos ríos, nos la da el hecho de que, todavía, se siguen descifrando las tablas de arcilla encontradas en las excavaciones realizadas, entre 1888 y 1900, en Nippur, por la expedición del americano de origen alemán V. Hilprech.
En 1840, Botta, que ya de joven había dado la vuelta al mundo,
fue nombrado agente consular en Mosul, ciudad situada en la parte alta del
Tigris. Era médico y estaba muy interesado en la ciencias naturales
y en la arqueología. Su conocimiento de las lenguas indígenas
le permitía mantener una buena relación con los adeptos al profeta
Mahoma. Un día, un árabe se dirigió a él preguntándole
si era el francés que se interesaba por los ladrillos con inscripciones,
ya que en su pueblo natal los había a montones. Botta envió
una pequeña expedición al lugar y una semana después
regresaba un mensajero, muy excitado, diciéndole que apenas hundido
el pico habían encontrado unas murallas con inscripciones y todo tipo
de objetos junto a ellas. Botta montó a caballo y se trasladó
al lugar de los hallazgos. Pocas horas después de penetrar en una
fosa abierta, admiraba las más extrañas figuras: hombres barbudos,
animales alados y un sinnúmero de signos que rebasaban todo cuanto
la imaginación pudiera concebir. (Durante milenios las ciudades de
mesopotamia destruidas, como muchas otras de los mundos del pasado, fueron
saqueadas por los pobladores de los alrededores y los materiales con que
habían sido construidas se utilizaron en diversas edificaciones menores.
No era raro encontrar, en los muros de una casucha, ladrillos con el sello
de reyes que hacía siglos habían desaparecido.
Poco tiempo después, Botta comunicaba al mundo: "Creo que soy el primero en haber descubierto esculturas que, con todo fundamento, se pueden atribuir al periodo de apogeo de Niníve". El descubrimiento del primer palacio asirio, no solo fue una noticia sensacional para la prensa europea, si no también una novedad de primera categoría para la ciencia. Hasta entonces, se había creído que la cuna de la humanidad estaba en Egipto. Hasta el siglo XIX, del "país de los dos ríos" solo se sabía lo que decía la Biblia, y para la ciencia de la ilustración moderna todo aquello era una "colección de leyendas" con falta de fundamento, excepto en aquellas partes que coincidía con las narraciones y alusiones de los historiadores antiguos, a los que se otorgaba cierta credibilidad. El descubrimiento de Botta significaba que podía haber existido una civilización más antigua que la egipcia, una civilización que había florecido hasta que fue exterminada a sangre y fuego.
Puerta de una de las ciudades
excavadas por Victor Place (fot.1853)
Las ruinas halladas por Botta resultaron ser las del palacio de verano
del rey Sargón II de Asiria, construido en las cercanías
de Nínive después de la conquista de Babilonia y mencionado
en las profecías de Isaías. Muro tras muro, surgieron
de los escombros patios con arcadas ricamente decoradas, estancias suntuosas,
pasillos y cámaras, un harén dividido en tres partes y los restos
de una torre con varias terrazas. Los hallazgos de Botta se documentaron por
científicos enviados desde Francia, equipo al que se incorporó
el famosos dibujante Eugène Napoleón Flandín que
se dedicó a reflejar gran parte de lo encontrado y, especialmente,
aquellos objetos y pinturas que podían deshacerse por su contacto con
un aire del que habían permanecido protegidos durante milenios. Botta
también descubrió, entre 1840 y 1846, palacios de Asurbanipal
en Korsbad, al norte de Nínive. Después de Botta otro
cónsul francés, Victor Place, se encargó de la
misión de continuar las exploraciones en la ciudad de Nínive.
El gran libro de Botta se cuenta entre los clásicos de la arqueología,
fue publicado, en cinco tomos, en los años 1849 y 1850.
Gran parte de lo que hoy sabemos sobre Mesopotamia se debe a los primeros hallazgos de Botta en Niníve y sus alrededores, ya que allí se concentró, desde tiempos de los reyes asirios, una gran biblioteca de placas cerámicas con escritura cuneiforme que narraban su remota historia y sus costumbres.
Layard, vestido a la usanza local.
Sus trabajos fueron continuados por su asistente, Hormuz Rassam (1826
- 1910), un cristiano de Mosul, que obtuvo la concesión de las excavaciones
desde el Golfo Pérsico hasta la meseta de Anatolia. Entre sus principales
descubrimientos están: el palacio norte de Asurbanipal, en Nínive,
y las puertas de Balawat. La biblioteca descubierta por Rassam en el palacio
de Asurbanipal, ocupaba dos estancias en las que había treinta mil
volúmenes, en placas de arcilla, que dieron la clave para el conocimiento
de la civilización asirio - babilónica. Allí se halló
la "Leyenda de Gilmagesh", ya mencionada, que fue descifrada, más tarde,
por George Smith.
"Proclama el rey Darayawaush (Darío):
Tú que contemplas en los días futuros estas inscripciones
que hice esculpir en la roca y esas imágenes de seres humanos,
no quites ni destruyas nada.
¡Procura, mientras tengas semillas, mantenerlas intactas!"
(¿Consejo para inversores arriesgados?)
Rawlison se había apoyado en los primeros estudios de la cuneiforme
y en avances posteriores, debidos a la dedicación que muchos científicos
europeos prestaron al conocimiento e interpretación de diferentes lenguas
muertas y que,también, facilitaron la interpretación la lengua
de los lejanos imperios asirio, babilónico y persa. Hoy son
numerosos los especialistas que pueden leer sin problema la escritura cuneiforme
de las tablas de arcilla, en cuyos hallazgos contribuyó de forma importante
Paul Emile Botta, durante su descubrimiento de la ciudad de Niníve.