La herencia de los pueblos antiguos de Oriente Medio pasó
primero al mundo heleno (ver
mapa) conquistado por Alejandro Magno (s.IV aC.), desde donde
se difundió al oriente cristiano y al imperio iranio, para después
pasar al mundo islámico. Pero aunque la antigüedad grecorromana
recibió influencias del mundo oriental, la influencia se extendió
por latitudes diferentes a las europeas, fue el Oriente Antiguo el que influyó
en Oriente Próximo. Y aunque sus avances técnicos: matemáticas,
astronomía, sistemas estándar de pesos y medidas, la escritura
y los diferentes alfabetos hasta el alfabeto fonético fenicio de Ugarit,
la invención de la rueda, la domesticación del caballo, el
carro ligero de combate, los panteones y las novedades aplicadas a palacios,
templos y fortalezas; fue el poder político, en permanente lucha por
controlar recursos, el que dio lugar a la formación de estados y esta
fue la aportación esencial del Oriente Antiguo.
Durante el periodo Uruk, Palestina y Anatolia permanecieron al margen de los acontecimientos de Mesopotamia. Aunque algunos asentamientos, como los de Jericó y Chatal Huyuk, también tenían algunas características de ciudades, la decisiva transición de poblado a ciudad se produjo a partir del 4300 a.C., durante un periodo de unos 800 años, del que, desgraciadamente, apenas ha quedado alguna información. Las primeras ciudades, catalogadas como tales, crecieron en la baja Mesopotamia, área del sur ocupada por los sumerios y acadios, durante el IV milenio antes de nuestra era, el periodo "Uruk final". Durante la mayor parte del III milenio, periodo "Dinástico Inferior", coexistieron numerosas ciudades-estado, que finalmente fueron unificadas por el rey Sargón I de Akkad, región al nordeste de Sumer, en el año 2300 ane. Sumer y Akkad (ver mapa) no eran países en el sentido moderno del término, sino que estaban formados por varias ciudades-estado, cada una de las cuales constituía una unidad política en si misma y tenía su propio soberano. Al parecer, en Sumer, la mayor parte de sus habitantes hablaba sumerio, lengua sin parentesco alguno con otras lenguas conocidas. En el norte, la mayoría de los habitantes hablaba acadio, antecesor del babilonio y el asirio, y emparentado con el árabe. Cada ciudad tenía un dios protector, y sus templos, con grandes almacenes y viviendas, en las que habitaba un importante séquito humano que tenía, además de la función religiosa, la de administración de las grandes propiedades agropecuarias que poseían. La creciente complejidad de los registros del templo dio lugar a las primeras fórmulas escritas; las primeras planchas de arcilla pictográfica, procedentes de Uruk, se remontan al año 3100 ane.
De forma gradual, se desarrolló una escritura silábica, la literatura sumeria más antigua data del año 2500. Sin embargo, la mayor parte de la población era analfabeta y eran solo los escribas los que, tras un largo periodo de aprendizaje en los templos, escuelas de aprendizaje, dominaban y desarrollaban aquella habilidad. Nosotros debemos a la práctica de la copia de documentos, en tales establecimientos, el conocimiento de las tradiciones de estas primeras ciudades que fueron recogidas en textos acadios posteriores.
El arca de Noé. (Ampliar) La suerte de aquellas ciudades experimentaba altos y bajos, pero Nippur y Kish siempre conservaron un cierto predominio cultural. Al sur de Mesopotamia, las ciudades de mayor predominio en la región siempre fueron Ur y Lagash que competían continuamente con Umma, su vecino del norte.
Relieve que representa al rey de Ur (III milenio)
con sus funcionarios y sus hijos
La urbanización pronto se extendió hasta el norte, hacia
tierras ocupadas por los semitas, la alta Mesopotamia, área de lluvias
abundantes. Ciudades como Niníve, y Tepe Gawra, Tutub, Mari
en el Eufrates y Susa en la región occidental de Persia, muestran
muchas conexiones con las ciudades meridionales. En lugares más alejados,
procesos paralelos de aumento de población y expansión agrícola
tuvieron como resultado la aparición de ciudades en el Valle del Nilo,
la llanura del Indo y la China septentrional. Al cabo de dos mil años
la ciudad era una característica establecida en numerosas regiones
de Eurasia, marcando un avance importante ulterior hacia el mundo moderno.
Al norte de Mesopotamia (Anatolia) y la región de Levante, entre los años 2500 y 1500 a.C., aparecieron varias ciudades estado, en principio colonias de Sumer, que compitieron entre si por la supremacía económica y política. Los yacimientos más importantes proceden de las ciudades de Mari y Ebla. En el centro de cada ciudad se alzaba un complejo de palacios y templos rodeados de viviendas privadas.
La ciudad estaba rodeada de murallas de ladrillos de barro o por terraplenes
de tierra cocida. Ebla se extendía sobre una superficie de 50
hectáreas y Mari sobre unas 100 Ha.; así como, Hazor
y Qatna, en el Levante, abarcaban unas 70 hectáreas. Se calcula
que Hazor tenía una población, en el siglo XVIII a.C.,
de unos 25000 habitantes. En Mari y Ebla se encontraron unas 17000 tablillas
de arcilla con datos comerciales y sobre costumbres de la región. Se
sabía que el producto de mayor exportación eran los tejidos
y que se disponía de grandes cantidades de oro y plata fruto de los
tributos de las ciudades menores bajo su dominio. Se conoció su forma
de controlar la extensión de enfermedades, las persecuciones de esclavos
evadidos y los impuestos con se gravaban los transportes por el Eufrates.
También se supo de la importancia que las mujeres reales tenían
en las funciones de administración de palacio que guardaban las llaves
de muchos almacenes y tenían poder sobre oficiales destacados y controlaban
las actividades de los artesanos que, generalmente, trabajaban fuera de palacio,
alcanzando un alto nivel en el trabajo de los metales, la piedra y el marfil.
Los nombres de los dioses variaban según la ciudad, eran básicamente
elementos de la naturaleza divinizados: el sol, la luna, el viento, los alimentos
o la cosecha. Se les investía de atributos, sentimientos y actividades
propias de los humanos e interactuaban basándose en sus mismas relaciones
sociales. Por ejemplo Enlil, el "señor del viento" que enviaba
vientos húmedos en primavera para la siembra, era el dios de la azada.
Vivía en el templo de Nippur y la ciudad era el hogar de su
hijo Ninurta, "señor del arado". Los templos, casas de los
dioses y centro de culto, en su origen fueron grandes almacenes agrícolas,
en una dependencia anexa se celebraban el servicio diario de la ciudad ante
el dios y las festividades anuales de los dioses para regenerar la vida de
las tierras, la ciudad, las personas y los animales. "Akitu" era la
festividad de Año Nuevo de los sumerios que coincidía
con el inicio de la primavera. Fue una de las festividades más antiguas
y perduró durante milenios.
Durante el reinado de Sargón I, el imperio alcanzó un periodo
álgido (2371 - 2230 ane.) y se extendió hasta el Mediterráneo.
De aquella época data el himno religioso escrito por la hija del rey
Sargón, Enheduanna, también data de entonces el poema
de la "Epopeya de Gilgamesh", un rey y semidiós cruel que realizó
grandes hazañas, ubicado en el año 2600 a.C . La epopeya narra
su encuentro con Utnapishtim (el Noé de la Biblia), el único
superviviente de la gran inundación, quien le habla de "El Diluvio"
y le dice donde crece el árbol de la vida. Gilgamesh prosigue
en busca del árbol, pero cuando lo encuentra le es arrebatado por la
serpiente. Esta historia, todavía se explicaba en Asiria más
de mil años después y a ella se debe su versión en la
Biblia.
Al rey más importante de de la primera dinastía de Babilonia,
Hammurabi (1972 ane.), se debe el que la ciudad se convirtiera
en un gran centro religioso. Construyó varios templos y, recopilando
tradiciones y costumbres antiguas, promulgó un código con 282
leyes, recibidas del dios del Sol , Samash (dios que administraba
justicia), junto con el cetro y el anillo, símbolos de justicia. Las
leyes se escribieron en una columna de piedra, claro antecedente de las tablas
de la Ley de Moisés (los hebreos copiaron toda la escenografía,
siglos después).
El dios Baal o Adad (Ampliar)
La diosa Ishtar (Ampliar)
En la Persia del siglo VI y más tarde en el imperio Parto
destacó la visión profética de Zaratustra (Zoroastro
- año 1000 ane.) con su sentido del conflicto cósmico entre
el bien y el mal y la necesidad de elegir entre lo que dio en conocerse como
Dios y el Demonio. Los profetas hebreos, Isaías y Jeremías,
siguieron esta línea profética de concepción monoteista
y la elección ética de un único Dios "el Bien" y de un
único "Mal", el Demonio, se transmitió a las tradiciones cristiana
y musulmana.
El zoroastrismo se originó entre los pastores de las fronteras entre las actuales Afganistán e Irán (ver mapa) y su influencia creció hasta convertirse en la religión principal de la Persia preislámica. Se extendió con el imperio aqueménida, de Ciro "el Grande", de Darío y de Jerjes, por Mesopotamia y Oriente Próximo, hasta Grecia, y sobrevivió a la destrucción del imperio persa por Alejandro Magno. Es un religión monoteísta que venera a un dios supremo, Ahura Mazda "el señor sabio", y se caracteriza por el enfrentamiento entre dos espíritus opuestos Spenta Mainyu (el bueno) y Angra Mainyu (el malo), hijos gemelos de Ahura Mazda. En el zoroastrismo, la oración y la meditación ante el fuego son fundamentales. A pesar de la derrota del imperio aqueménida (persa), algunos de sus elementos pasaron a formar parte de las creencias griegas y romanas, en especial el culto a Mitra que fue una de las principales y misteriosas deidades que se extendio con el imperio romano, hasta bien entrado el primer milenio de nuestra era.