
JERONIMO (Eusebius Hieronimus Sofronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació hacia el 342 de nuestra era, en Stridon, en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Tuvo una gran formación en las escuelas romanas y dominaba perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio).
Jerónimo terminó sus años de estudio sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero no recibió el bautismo hasta los dieciocho años. Después de una estancia en Roma de tres años viajó a Tréveris y allí fue donde renació con ímpetu su espíritu religioso y su corazón se entregó enteramente a Dios.
Jerónimo se trasladó a Antioquía en el año 374 y tras permanecer allí durante algún tiempo se retiró a las salvajes soledades del desierto de Calquis, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma y sometido a terribles tentaciones carnales.


Con el fin de dominar y prevenir sus tentaciones, agregó a sus mortificaciones el trabajo y el estudio constantes, como freno a su imaginación desatada y enfermiza. Se puso a estudiar hebreo, "...cuanto trabajo me costó aprenderlo y cuantas dificultades tuve que vencer" - nos dice - "ahora doy las gracias al Señor que me permite recoger los frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios".
Fue ordenado sacerdote por el Papa san Dámaso con la prerrogativa de poder continuar su vida monacal y se trasladó a Constatinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En el año 382 regresó a Roma, fue secretario del Papa y participó en el concilio, convocado por san Dámaso para combatir el cisma de Antioquía.

Muerto san Dámaso, Jerónimo se encontró sin protección y rechazado por parte de la alta sociedad romana y de algunos clérigos a los que había criticado duramente por sus frívolas costumbres.
Detestaba a aquellas "que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos".
Pero Jerónimo, contaba con el apoyo de algunas nobles damas que habían abrazado el floreciente ascetismo que él dirigía y que le siguieron cuando no pudo soportar por más tiempo las críticas que su relación con una de ellas, santa Paula, despertaron entre aquella sociedad. "...Saluda a Paula y Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera"- decía en una carta a santa Asela, antes de abandonar Roma - "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en que espíritu vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.
Gracias al generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador, y así transcurrieron algunos años de completa paz, como el santo nos dejó escrito:
"Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita."
Jerónimo continuó batallando por mantener la pureza de los mensajes de Cristo y de la vida monacal como medio de defensa por la debilidad de la carne ante las solicitaciones del mundo. Pero por muy brillantes que fueran sus denuncias, alegatos y controversias, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada le dio tanta fama como sus trabajos sobre las Escrituras. Por eso la Iglesia le tiene por el mayor de sus grandes doctores en el comentario y defensa de la palabra divina. Clemente VII afirmó que tuvo asistencia divina para traducir la Biblia. Las únicas partes de la Biblia en latín, conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por Jerónimo, en su retiro de Belén, fueron los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. El concilio de Trento designó la Vulgata de San Jerónimo, como texto bíblico latino auténtico y autorizado por la Iglesia Católica. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la misión de restaurar los textos de la Vulgata que tras quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.

En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera:
"¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".
De
nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir
sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún
tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos,
quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los
monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la
protección de San Jerónimo, el cual había atacado
a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos
y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto
y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente,
murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San
Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año
420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas
la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida.
Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

El priorato secular (1320-1389)
Los jerónimos en Guadalupe (1389-1835)