
Los balances económicos del monasterio empezaron a empeorar a partir de 1530, pero la desaleración del crecimiento patrimonial no tuvo lugar antes de los años sesenta de aquel siglo; hecho que no puede considerarse aislado de la mala situación económica de la España de aquella época.
Por primera vez se nombra una comisión de 12 religiosos de la "casa" para tratar de reducir los gastos, la época brillante del monasterio estaba a punto de cerrarse.
Las demandas y limosnas fueron las partidas que más retrocedieron y los ingresos en metálico se redujeron al 60% en un periodo de unos cincuenta años, situándose a principios del siglo XVII en unos 60 millones de maravedís. La economía del santuario, tan próspera antaño, comenzó a arrojar pérdidas, ya que las transferencias de renta de los fieles no bastaban para financiar los servicios materiales y espirituales proporcionados gratuitamente a los peregrinos. El factor desencadenante de tal hundimiento fue la orden de Pío IV de suspender las demandas, precepto que fue reforzado por Felipe II en 1963. El monasterio había perdido influencia política y aunque se consiguió ablandar, en parte, al monarca, tuvieron que enfrentarse a unas severas normas para continuar recogiendo donativos.
El culto a la Virgen de Guadalupe, que constituía el fundamento de las transferencias de rentas de miles de devotos al monasterio, estaba indisolublemente ligado a las peregrinaciones y a los "milagros". En el siglo XVI, el reflujo de aquéllas fue acompañado de un deterioro de la imagen de los romeros. El proceso de pauperización de amplios sectores de la sociedad castellana, especialmente a partir de 1570-1580, inquietó a los contemporáneos. Como era frecuente la identificación entre peregrino y pobre, no puede sorprendernos que en la actitud de buena parte de los castellanos hacia los romeros predominase, desde entonces, el recelo sobre la simpatía. La pragmática de Felipe II de 1590 acerca de las peregrinaciones parece ser el colofón de ese proceso de desprestigio de las formas medievales de religiosidad popular en las que las visitas a santuarios constituían uno de sus elementos más característicos.
En ese nuevo contexto, todos los intentos del monasterio por mantener las transferencias de rentas de los fieles estaban condenados al fracaso: el flujo de limosnas y pequeñas mandas tendió a disminuir a medida que se redujo el papel del santuario de las Villuercas dentro de las prácticas religiosas de los ibéricos y a medida que empeoró la imagen de los jerónimos de Guadalupe, proceso al que contribuyeron las pérdidas de protagonismo y de consideración social de todos los monacales, los desmanes de algunos de sus demandadores y el propio volumen de riquezas acumulado por la "casa". La menor influencia en la corte, la caída de la renta real de amplios sectores de la población castellana y el desarrollo del culto a la Virgen de Guadalupe en otros centros religiosos aceleraron el descenso de las limosnas y mandas recolectadas por los procuradores del monasterio. En definitiva, la irreversible crisis de las demandas fue, ante todo, consecuencia de la pérdida de popularidad y protagonismo del centro mariano de las Villuercas y del descenso del valor atribuido por la sociedad ibérica, especialmente por la castellana, al papel de los jerónimos de custodios y administradores del santuario.
En síntesis, entre 1550 y 1650 las cantidades de cereales ingresadas por los jerónimos disminuyeron fuertemente debido a la drástica reducción de las actividades agrícolas de aquéllos, a la pérdida de derechos decimales, a la caída de la renta de los labrantíos y de los molinos y al descenso del producto de las Tercias Reales de Trujillo y su tierra ocasionado por la contracción agrícola en esa comarca.
La producción pecuaria para el consumo de la "casa" también registró un intenso movimiento recesivo. El descalabro de las cabañas bovinas fue impresionante: de las 2.791 cabezas de 1527 se pasó a las 186 de 1598. La recuperación, a partir de esta última fecha, fue modesta, ya que en ningún año de la primera mitad del siglo XVII llegaron a contabilizarse 700 reses bovinas. Por consiguiente, hacia 1650 la ganadería de los jerónimos dedicada a satisfacer las necesidades de carne, leche, queso y fuerza de tracción animal de la "casa" no llegaba al 50 por 100 del de mediados del Quinientos. Este retroceso fue acompañado por la desaparición de las demandas de ganado y por la ya aludida pérdida de derechos decimales sobre los esquilmos de las cabezas ajenas que aprovechaban las dehesas del monasterio ubicadas en la jurisdicción del obispado de Plasencia.
La producción vinícola de la comunidad jerónima siguió también una trayectoria claramente descendente: la cosecha media anual de uvas fue de 1.479,5 cargas en 1559-1560, de 1.116,3 en 1585-1587 y de 470,9 en 1654-1658. La actividad oleícola tampoco arroja un balance favorable: la producción media anual de aceite ascendió a 2.287,25 arrobas en 1559-1560, a 1.472 en 1585-1587 y a 1.160,95 en 1654-1657.
En definitiva, los ingresos monetarios y en especie de los jerónimos se desplomaron de manera prácticamente simultánea en el último tercio del siglo XVI y en la primera mitad del XVII. Ello obligó a los rectores del monasterio a afrontar una situación inédita en las casi dos primeras centurias de existencia de la "casa": ¿cómo administrar unos recursos cada vez más escasos? Hasta mediados del siglo XVI, las transferencias de rentas y bienes raíces habían permitido a los monjes disponer de un volumen impresionante de recursos, los cuales habían contribuido decisivamente a financiar los cuantiosos gastos de consumo e inversión del monasterio. Ahora, en cambio, ese flujo de transferencias estaba descendiendo de un modo alarmante, la producción agrícola de las granjas disminuía, el tamaño de las cabañas orientadas a autoabastecer a la "casa" registraba una brutal reducción y, desde las últimas décadas del siglo XVI, la renta de las dehesas tendía a caer. El único dato positivo lo suministraba la cabaña trashumante: los beneficios de esta explotación pecuaria aumentaron en el último cuarto del siglo XVI. Ello, sin embargo, no bastaba para contrarrestar el descalabro que estaban registrando la mayor parte de actividades económicas del monasterio. Consiguientemente, la capacidad de gasto de aquél tendía a reducirse a ritmo trepidante.
Los jerónimos no reaccionaron con rapidez ante la aparición de un desequilibrio crónico en su economía. No podía resultarles fácil romper con prácticas seculares y admitir que para enderezar la situación tenían que introducir profundas reformas. Además, las dificultades económicas del monasterio estaban colocando en una precaria posición a los vecinos de Guadalupe. De modo que la demanda de subvenciones y servicios benéfico-asistenciales presionaba con especial fuerza sobre el "presupuesto de la casa". El plan de contención de gastos de 1557 no consiguió alcanzar los fines perseguidos. De hecho, aunque todavía en proporciones relativamente modestas, el monasterio comenzó a tener que recurrir con bastante frecuencia al crédito para poder financiar sus gastos corrientes. Ahora, en un periodo de encarecimiento de los granos, los jerónimos eran compradores "netos" de trigo. A menudo la toma de un censo se efectuaba con el propósito de abastecer de cereales a la "casa".
La reforma administrativa, tal vez por su carácter escasamente traumático, fue la primera iniciativa que adoptaron los monjes cuando los balances de su economía tendieron a empeorar. Aquéllos consideraron que para mejorar la gestión había que disponer de una información más completa y que avanzar en la centralización y coordinación de las decisiones económicas. A fin de alcanzar tales propósitos se reforzó el papel de la mayordomía en la administración de la "casa" y comenzaron a elaborarse de modo sistemático las cuentas anuales de ingresos y gastos "cuasi" generales. La confección de la "Hoja de Ganado", además de suponer un hito dentro de la historia de la contabilidad y de las técnicas de análisis económico en España, permitió al monasterio, desde finales del siglo XVI, conocer la evolución del valor añadido bruto y de la rentabilidad de sus distintas cabañas. El empleo en éstas de tal "refinamiento contable" no fue fortuito, sino que respondió a la mayor prioridad otorgada por los jerónimos a sus explotaciones pecuarias a raíz del desplome del producto de las demandas.
La reforma administrativa no podía por sí sola corregir el desequilibrio "presupuestario" de la "casa". Ahora bien, aquélla facilitó el análisis de los problemas económicos del monasterio y la posterior adopción de una política de austeridad.
Antes de aceptar una drástica reducción de sus gastos y/o de introducir cambios profundos en su economía, los jerónimos intentaron compensar la caída de las transferencias de rentas en la Península Ibérica con un aumento de las procedentes del continente americano. Aprovechando la devoción de numerosos indianos a la Virgen de Guadalupe, fenómeno fácilmente observable en la toponimia y en la advocación de bastantes ermitas e iglesias en el "nuevo mundo", los monjes intentaron organizar un eficaz sistema de recaudación de limosnas y mandas en los dominios españoles en América. Varios jerónimos viajaron a Indias -Fr. Diego de Losar, hacia 1587; Fr. Diego de Ocaña y Fr. Martín de Posada, en 1599; Fr. Pedro del Puerto, en 1612- con el propósito de potenciar e institucionalizar la devoción a la Virgen de Guadalupe y las demandas en diversas ciudades. Para alcanzar tales objetivos fundaron varias cofradías, cuya administración solió ser encomendada a conventos franciscanos. Aunque el monasterio siguió recibiendo distintas transferencias de rentas desde el continente americano hasta bien avanzado el siglo XVIII, constituyó un rotundo fracaso la tentativa de que los fieles del "nuevo mundo" supliesen la menor generosidad hacia el santuario de las Villuercas de los residentes en Castilla y Portugal: era utópico que desde Extremadura pudiera controlarse el destino otorgado a las recaudaciones a que daba lugar el culto a la Virgen de Guadalupe en un territorio amplísimo y separado del monasterio por miles de kilómetros y por el océano Atlántico.
Entre 1611 y 1620, el gasto medio anual de la "casa" se elevó a 19.757.276 maravedís y a 12.367 fanegas de trigo, 4.061 fanegas de cebada, 6.587 arrobas de vino, 1.314 arrobas de aceite, 3.464 arrobas de pescado, 2.352 carneros, 563 machos, 1.417 ovejas y corderos, 84 vacas y 989 cabras. Estas cifras revelan que hacia 1615 los administradores de la "casa" aún no habían puesto en marcha un riguroso plan de austeridad. Sería poco después, en los años veinte, cuando se produjo un acusado viraje en la política económica de los jerónimos. Estos tuvieron que reducir drásticamente los gastos a fin de evitar que el déficit "presupuestario" se ampliara y se hiciera crónico, lo que podría haber puesto en peligro la integridad de su patrimonio.
El rigor de la política de austeridad no fue óbice para que el endeudamiento de la "casa" creciese de manera alarmante entre 1630 y 1680. El 26 de enero de 1630, día en el que Fr. Cristóbal de Vadillo se hizo cargo de la prelacía, los principales de los censos "contra la comunidad" sumaban 5.987.000 maravedís. El 22 de diciembre de 1682 se elevaban a más de 29.920.000 maravedís. Aunque el tipo de interés de los censos descendió en la segunda mitad del Seiscientos, el monasterio llegó a tener que pagar de réditos de aquéllos más de un millón de maravedís al año. La preocupación por el nivel de endeudamiento llegó hasta el extremo de que los jerónimos se plantearon en diversos momentos la venta de una gran finca rústica para reducir aquél y, por ende, sus cargas financieras.
Por distintas razones, al monasterio le resultó prácticamente imposible ir aún más lejos en la política de austeridad. Por un lado, a economías tan marcadamente consuntivas, como las de las casas monacales, les suponía un enorme esfuerzo los recortes presupuestarios y la renuncia a los gastos extraordinarios. La construcción de una nueva y monumental sacristía, obra iniciada en 1638, en un momento en que la "casa" atravesaba graves dificultades económicas, revela la alta propensión al gasto de los jerónimos guadalupenses y la difícil aceptación por parte de éstos de su pérdida de protagonismo político y espiritual. La nueva sacristía, en la que se encuentran los famosos "zurbaranes", constituyó un instrumento de los rectores de la casa para reivindicar nostálgicamente, ante visitantes ilustres, el pasado esplendor del monasterio, en una época en la que las peregrinaciones al santuario ya no tenían la importancia de antaño y la que las preferencias de los Austrias ya se había decantado a favor de El Escorial.
Por otro lado, los rectores de la "casa" precisaban mantener los servicios benéfico-asistenciales, máxime en un periodo en el que los problemas económicos para buena parte de la población local y regional estaban acentuándose, unos seiscientos menesterosos acudían diariamente para recoger la limosna de pan, y en el que la consideración social de los monacales tendía a deteriorarse. A finales del siglo XVII, los gastos ordinarios de la portería ascendían a 25.000 reales (anualmente se gastaban 650 fanegas de grano y 4.500 libras de carnero), los de los hospitales a 32.000 reales y los del colegio a 30.000 reales. Por esas mismas fechas, la octava parte del total de desembolsos de la comunidad jerónima se destinaba a obras benéfico-asistenciales. Además, los donativos solicitados por la Monarquía, especialmente durante el reinado de Felipe IV, también contribuyeron a dificultar la aplicación de la política de reducción de gastos del monasterio. Este entregó a las arcas reales 3.740.000 maravedís entre 1629 y 1640.
La política de austeridad evitó males mayores, pero, una vez que prácticamente habían cesado las transferencias a la "casa", los jerónimos, si querían recuperar capacidad de gasto, debían introducir profundos cambios en la gestión de sus enormes propiedades territoriales. Durante el largo periodo en que los ingresos ordinarios de la "casa" solían mantenerse bastante por encima de los gastos ordinarios, especialmente entre mediados de los siglos XV y XVI, los dirigentes monásticos habían dedicado buena parte de esos excedentes a financiar la ampliación del patrimonio territorial rústico. Además, los monjes, pese al hundimiento de sus ingresos, consiguieron conservar íntegra su hacienda. De modo que su margen de maniobra era todavía bastante amplio, sobre todo si se tiene en cuenta que sus derechos de propiedad territorial no estaban siendo cuestionados.
Desde mediados del siglo XVII, la reforma económica de los jerónimos se intensificó y adquirió una dimensión inédita al afectar a la gestión de sus impresionantes recursos agrarios. Las nuevas iniciativas se orientaron en dos direcciones. Por un lado, el monasterio trató de potenciar su cabaña trashumante. De hecho, el tamaño de esta explotación aumentó y los beneficios medios anuales por cabeza alcanzaron un nivel bastante elevado a partir de 1640. Por otro lado, los jerónimos revitalizaron sus actividades cerealícolas, aunque en este ámbito los mayores avances se produjeron, en los años finales del Seiscientos y en los primeros del Setecientos y en la década de los veinte de esta última centuria. En cualquier caso, a comienzos de los años sesenta del siglo XVII ya se habían reabierto o se habían ampliado las labores propias en las granjas de El Rincón, La Vega, Madrigalejo y La Burguilla. El aumento en la producción agrícola permitió a la "casa" reducir sus compras de cereales y poder ampliar el consumo de dichos artículos.
La política de austeridad y el aprovechamiento más intensivo del patrimonio territorial acabaron dando sus frutos: en maravedís constantes, los ingresos medios anuales de la mayordomía se incrementaron un 48,58 por 100 entre 1652-1660 y 1689-1690; además, la producción agraria destinada al autoconsumo de la "casa" también creció apreciablemente en la segunda mitad del siglo XVII. Asimismo, entre 1687 y 1695, gracias a los magníficos resultados de su cabaña trashumante, el monasterio consiguió amortizar una parte sustancial de los censos que tenía contra sí.
En definitiva, a finales del siglo XVII los jerónimos se habían recuperado de algunos de los reveses sufridos desde mediados del Quinientos. La "casa" no volvería a recobrar la capacidad expansiva y de inversión que le habían proporcionado las demandas hasta 1550, ni tampoco el protagonismo político y espiritual que había logrado mantener hasta el inicio de la época imperial, pero conservaba íntegro su descomunal patrimonio territorial y había introducido, aunque con retraso, los reajustes necesarios en su economía para poder desenvolverse mejor en el nuevo contexto. En las postrimerías del Seiscientos, el monasterio, una vez que había rebajado notablemente su grado de endeudamiento, se hallaba, pues, en buenas condiciones para aprovechar una coyuntura económica más favorable, circunstancia que no tardaría en presentársele.
El priorato secular (1320-1389)
Los jerónimos en Guadalupe (1389-1835)