Fernando de Austria, Rey de Romanos, pretendía que el Imperio recayese sobre él y, a su muerte, en su hijo y sucesor Maximiliano y, en ese sentido, advirtió a Carlos de las penosas consecuencias que podría traer que la sucesión recayera en su hijo Felipe, que contaba con una gran oposición de los príncipes alemanes, pues a pesar del largo viaje que el Príncipe había realizado por los territorios del Imperio no había conseguido ganarse sus simpatías, una campaña de relaciones públicas que no dio los frutos deseados.
Maximiliano que, durante el viaje de Felipe por Europa, había actuado como regente en España, fue reclamado con urgencia por su padre para que estuviera presente en la Dieta de Augsburgo, reunión convocada para que los tres hermanos, María, Fernando y Carlos, alcanzaran un acuerdo. Maximiliano salió de España en noviembre de 1550, dejando como regente a su esposa María, hija de Carlos V e Isabel de Portugal. Maximiliano, a pesar de ser hijo de español, era un príncipe alemán admirado y querido, y su padre, eterno segundón de la dinastía, quería mejorar su posición y no ceder protagonismo a Felipe. Carlos, apenado por la firme resistencia de Fernando, resentimiento patente en sus Memorias, logra, con la intervención de María, que Fernando ceda algo en sus posiciones al consentir que los Países Bajos y las posesiones italianas pasen a la Corona española.
A todo esto, los príncipes alemanes habían comenzado a intrigar con el hijo y sucesor de Francisco I, el rey Enrique II, para oponerse al Emperador y tratar de librarse del yugo español. Hasta el duque Mauricio de Sajonia, antiguo aliado de Carlos, intrigaba en su contra. Carlos tardó esta vez en reaccionar y, en 1552, pidió ayuda a su hijo desde Ingsbruch. De nuevo, es una España ya agotada por las demandas económicas y en situación ruinosa, como le recuerda por carta Felipe, la que tiene que hacer un nuevo esfuerzo. El Emperador suspira por el dinero que llega de América, por el oro del Perú; vende prebendas a sus súbditos españoles, pide préstamos a los nobles y ofrece como contrapartidas pueblos y villas de la Corona. Su hijo le envía dinero y tropas bajo el mando de Alba y son varios los nobles que deciden prestar su auxilio, hasta Felipe habría acudido de no impedirlo, tajantemente, Carlos.
En mayo, Mauricio había tomado el Tirol y avanzaba hacia Ingsbruch, la ciudad imperial. Carlos, con un pequeño séquito, se ve obligado a huir por los Alpes en medio de una fuerte tormenta de nieve. En Villach, recupera energías y se prepara para recuperar las plazas ocupadas por Enrique II, a imponerse sobre los príncipes alemanes y a romper la alianza entre estos y el rey francés. El duque Mauricio cede a la presión imperial y firma los acuerdos de Pagsan. Por fin llegan el dinero y un ejército de 64.000 soldados de infantería y 14.000 caballería y pone sitio a la plaza de Metz, pero la resistencia que ofrece el Duque de Guisa y el lamentable estado físico de Carlos le obligan a levantar el cerco en enero de 1553. Carlos, cansado y enfermo, decide dejar las cosas del imperio en manos de su hermano Fernando. Con esta decisión Carlos V pasó a la Historia como el último emperador coronado del Sacro Imperio Romano Germánico que recuerda a Carlomagno (742-814) el Emperador de Occidente.
La paz religiosa de Augsburgo de 1555 había de ratificar el fin del Imperio y la escisión del cristianismo, pero la labor de CARLOS I de ESPAÑA y V del SACRO IMPERIO ROMANO GERMANICO, como líder de la cristiandad y de la Europa unida, había dado sus frutos, impidiendo que el catolicismo fuera borrado de Alemania y de los Países Bajos, pero él seguía confiando en que sus sucesores avanzarían en la unión religiosa. FelipeII conseguiría que prosiguiera y concluyera el Concilio de Trento (1545-1563) que, aunque se celebró con numerosas interrupciones, supuso una gran reforma del cristianismo (o contrarreforma) y de las costumbres de los representantes de la Iglesia.
Carlos concierta, en 1553, la boda de Felipe
con María Tudor, la reina católica y sangrienta de Inglaterra
(Bloody Mary), con lo que establece una fuerte alianza que compensó
en occidente lo que no se consiguió en Alemania. Esto, unido a la muerte
de Mauricio de Sajonia, da nuevos bríos a Carlos que ve reforzado a
su hijo frente a los Países Bajos y frente a Francia. En esta favorable
situación es cuando decide su retirada del mundo, no sin antes
plantar, por última vez, cara a Francia y recuperar los territorios
tomados por Enrique II.
A principios de 1955, fallece Juana "la Loca", a la edad de 75 años, en su casona de Tordesillas sobre el río Duero. De aquella mujer, que había tenido seis hijos, descendieron doce reyes de la cristiandad. En el Imperio, en España, en Italia, en Portugal, en Francia, en Hungría, en Inglaterra, en Polonia y en Dinamarca, las dinastías reinantes procedían, de Doña Juana, directamente o por matrimonios con descendientes de la infortunada reina.
LA ABDICACION
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En aquel emotivo ambiente, el síndico de Amberes se alzó
para aceptar, en nombre de las ciudades y villas de los estados, la voluntad
del Emperador, y le rogó que permaneciera en Flandes hasta
que finalizara la amenaza francesa.
A continuación tomó la palabra Felipe II que, tras rendir homenaje a su padre, se disculpó por no poder hablar flamenco y dio la palabra a Granvela, su hombre de confianza. Aquello rompió el encanto que todavía se respiraba en la gran sala. Eran dos extranjeros los que asumían el poder.
EL EMPERADOR EN YUSTE
Un año después, Carlos abandona los Países Bajos, partiendo de Gante a bordo de la nao capitana de una flota de 56 navíos, "La Bertendona". Le acompañan sus hermanas, María y Leonor y una comitiva de 150 personalidades. Una vez en ruta, salió a su encuentro una escuadra inglesa, enviada por María Tudor, esposa de Felipe II y prima de Carlos, para rendir honores al jubilado Cesar.
El 28 de septiembre la flota llegó a Laredo. La comitiva recorre Castilla y, tras franquear la Sierra de Gredos por Garganta de la Olla, entre Tornavacas y Jarandilla, llega a Jarandilla, donde recibió, entre otras muchas personalidades, a su amigo Francisco de Borja, ya iniciado en su carrera hacia los altares. Para acortar el trayecto, el maltrecho, agotado y gotoso Carlos, fue transportado en una improvisada silla fabricada con un arcón que llevaron a hombros un grupo fornidos lugareños, a lo largo de tres leguas de intrincados senderos de montaña que quedan a la derecha del pico Almanzor.
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Carlos con su relojero particular
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Carlos y los monjes admiran el movimiento unos muñecos
mecánicos
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El Monasterio de Yuste
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Arriba, fachada de la iglesia, el despacho, el arcón de Gredos y el claustro
En el centro está la sala y la silla donde
Carlos pasaba horas.
A la derecha la cama donde falleció.
Abajo, el estanque
donde pasaba horas pescando y parte del jardín.
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La gota y la diabetes que eran sus históricos males se agudizaron, pero su muerte fue causada por la fiebre palúdica contraída por picaduras de los mosquitos que abundaban, por aquel entonces, en la Vera.
El Emperador, según su expreso deseo fue enterrado bajo el altar mayor de la iglesia del Monasterio, con medio cuerpo bajo las losas donde oficiaban misa los monjes, para "... que el sacerdote que dijera misa ponga los pies encima de sus pechos y cabeza". Se dijeron 30.000 misas por el Emperador, pero no todas con los pies del sacerdote encima de su cara. Los restos de Carlos V y de Isabel de Portugal fueron trasladados, años más tarde, por Felipe II, al Monasterio del Escorial.
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