"De no ponerle a él, ni a otros de los Grandes muy adentro en la gobernación os habéis de guardar, porque por todas vías que él y ellos, os ganarán la voluntad, que después os costará caro..."
En 1529, se crearon los consejos de la Guerra y de las Ordenes que tenía atribuciones sobre las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara. Todo aquel entramado de instituciones, en organización polisinoidal, se mostró muy eficaz durante los gobiernos de Carlos I y de Felipe II.
La base sobre la que se sustentaba la diplomacia de los Austria eran los enlaces matrimoniales entre miembros de las distintas dinastías. Carlos I mantuvo embajadas en Londres, Lisboa, París, Viena, Roma, Venecia y Génova. Como diplomáticos destacaron Nicolás Perrenot Granvela, embajador en París con Francisco I; Simón Renard, en la Inglaterra de María Tudor; Diego Hurtado de Mendoza, en Venecia; Lope de Soria, en Génova; Requesens, en Roma.
El ejército de las glorias imperiales
lo formaban unos 60.000 soldados de los que unos 12.000 formaban los famosos
tercios españoles, tremenda y temida fuerza de choque, artífice
de muchas victorias durante más de un siglo. Los tercios reunían
una serie de características que les hacían ser la fuerza de
elite: gran movilidad, destructora potencia de fuego y extrema moral de
victoria. Cada tercio estaba formado por 12 compañías de
250 soldados. Cada una bajo el mando de un capitán, un alférez
y un sargento. Dos tercios viejos formaban una corenalía y dos corenalías
integraban una división de combate bajo el mando de un capitán
general. Los cuatro tercios viejos tenían un presupuesto de 600.000
ducados. La relación entre arcabuces y picas de cada tercio fue aumentando
progresivamente y los arcabuceros españoles gozaban de merecida fama
en toda Europa por su eficacia en combate. En 1567, el arcabuz fue desplazado
por el mosquete de horquilla. Los jubilados o impedidos de los tercios recibían
una pensión equivalente a la tercera parte de una paga, siempre que
hubieran servido 10 años en el Tercio.
La fabricación de armas ligeras se concentraba en el País
Vasco, en Guipúzcoa y, concretamente, en las localidades de Eibar,
Elgoibar, y Placencia de las Armas. En la tercera guerra con Francia,
un empresario vasco, Antón de Urguizu, tenía a punto
2.000 arcabuces y preparaba 4.000 más y 6.000 picas. Los soldados se
reclutaban en Castilla, Extremadura, en la alta Andalucía y en Asturias.
Los pastores trashumantes eran los que en mayor medida nutrían los
tercios y se convertían en fieros soldados y duros conquistadores.
Sin embargo, la caballería estaba formada por alemanes y flamencos
y era una fuerza que rondaba los 10.000 jinetes en las guerras. La artillería
se fabricaba en gran parte en Alemania, cuyas fundiciones eran superiores
a las de España.
En cuanto a la marina de guerra, se disponía de unas veinticinco galeras dedicadas, sobre todo, a la protección de las costas de Levante, pero el emperador Carlos se servía esencialmente de la marina de guerra genovesa de los Doria. Poco a poco, se fue se fue desarrollando una industria naval más potente por las necesidades de protección de las rutas comerciales atlánticas.
Para financiar los gastos del Estado el Consejo de Hacienda, adoptó el modelo flamenco con la intención, nunca alcanzada, de "mediar los gastos con los ingresos". Carlos nombró presidente del Consejo a Enrique de Nassau. A mediados del siglo XVI el presupuesto ordinario ascendía a 1.500.000 ducados en tiempos de paz, pero en tiempos de guerra era necesario disponer de unos 3.000.000 de ducados adicionales para mantener los ejércitos y su equipamiento. Donde los cuatro tercios viejos y la caballería absorbían 1.600.000 ducados ( un caballo costaba unos 60 ducados). Esto obligaba a un progresivo endeudamiento que, al final del reinado de Carlos I, supuso una deuda de 24.000.000 de ducados. Solo los intereses devoraban el 50% de los ingresos de la Corona que ascendían a unos 3.000.000 de ducados. Ingresos que se triplicarían al final del reinado de Felipe II.
Los ingresos de la Corona procedían de sus propias rentas anuales, de los servicios votados en las Cortes y de las ayudas de la gracia pontificia. Estos ingresos se completaban con los ingresos procedentes de la trata de esclavos negros con destino a las Indias, por las licencias concedidas a los negreros de turno, en 1552, se llegó a pagar por una de estas licencias, 190.000 ducados; que como contrapartida autorizaba al negrero a enviar 23.000 negros en siete años, unos ocho ducados por esclavo, ocho veces menos que el precio de un caballo. Pero suponemos que el precio de venta del esclavo no sería inferior al de un caballo, ni a cincuenta ducados por cabeza humana. Luego estaban los ingresos por la venta de oficialías, hidalguías y otros privilegios, así como la venta de propiedades reales o los derivados de la enajenación de los bienes recibidos por la desamortización de señoríos eclesiásticos y maestrazgos. También se contaba con los crecientes ingresos procedentes de las Indias que al final del reinado de Carlos suponían para la Corona unos 400.000 ducados anuales, la quinta parte de los ingresos totales recibidos en España; en la última mitad del siglo XVI las riquezas procedentes de América totalizaron los 250.000.000 ducados. Como ingresos extraordinarios del reino de Carlos I hay que destacar los 900.000 ducados de la dote de Isabel de Portugal y los 2.000.000 de escudos (unos mil millones de pesetas actuales) del rescate pagado por los dos hijos de Francisco I, que estuvieron retenidos, como rehenes en España, al poner a su padre en libertad.
Además, se disponía, como fuente de financiación, de los "juros", una especie de bonos del Estado y con los préstamos de la nobleza, alto clero, ricos comerciantes y banqueros o prestamistas internacionales, entre los que destacaba la casa italiana de los Fugger. En el fondo todo cargaba sobre el trabajo del pueblo, ya que la "clase patricia" estaba exenta del pago de impuestos. El gasto se disparó, así como la inflación, en la época imperial. Solo los gastos de la Casa Real, unos 250.000 ducados, en 1544, se habían multiplicado por cien desde tiempos de Isabel la Católica.
El ducado fue creado por Roger II de Sicilia
en el siglo XII con la leyenda SIT TIBI CHRISTE DATUS QVEM TV REGIS ISTE DVCATVS,
de donde le vino el nombre. Juan II de Aragón, padre de Fernando el
Católico, lo introdujo en España poco antes de 1477, con ley
de 23 y ¾ quilates y con un peso de 3,54 gramos. Al principio tuvo
que competir con el florín de oro de peso un poco inferior.
Su hegemonía tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XVI, ya
que más tarde cedió su puesto al escudo. Carlos I acuñó
el doble ducado de 7 g y, también, medios ducados, los florines.
En 1528, se acuñó en Zaragoza la pieza de 100 ducados de 350
gramos y 81 milímetro de diámetro. Un ducado equivalía
a 275 maravedíes, moneda también muy empleada en aquella
época. Fueron famosos los ducados de Fernando el Católico acuñados
en Zaragoza. Zaragoza dejó de acuñar ducados en 1564).
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INDICE
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de esta historia:
Portada
Introducción - Nacimiento e Infancia - La Europa del 1500 - Los
padres del Emperador -
Carlos, Gobernador de los Paises Bajos -
La Administración del Estado y los Tercios
-
La lucha por el Imperio - Carlos Emperador - Las
campañas del Emperador -
Sucesión, abdicación y retiro
a Yuste.