==A&D==
En "Las Villas"
habitan los últimos supervivientes-residuo del veraneo nacional clásico,
bisabuelos y abuelos conviven en armonía con las generaciones siguientes
en espaciosas villas, pisos o apartamentos, propiedad, normalmente, de los
primeros. Tanto en la playa, como en el nuevo y
excelso paseo marítimo se puede contemplar
el jugueteo de tiernos infantes alrededor de venerables ancianos de ambos
sexos que pasean, cansina pero placenteramente, del brazo de hijos o hijas,
yernos o nueras, nietos o nietas, que se turnan para tan noble como, a veces,
incomoda tarea. Hay viviendas donde no es extraño que coincidan durante
el almuerzo de veinte a treinta personas de la misma sangre,
atendidos, en muchas ocasiones, por un servicio tan numeroso como infrecuente,
hoy en día, y del que, por supuesto, todos no podrían disfrutar
en invierno, una vez deshecha la veraniega tribu. También resulta curiosa
la ocupación de habitaciones, alcanzándose una milagrosa y
plena ocupación de todo el espacio disponible, e incluso del no disponible,
para los diferentes turnos que se dan cita, sucesivamente, al amparo familiar.
Por esto, cuando el patriarca o la matriarca desaparece de este mundo, como
periódicamente suelen desaparecer las personas mayores, agotada su
física existencia, queda en todo su entrañable clan un extraño
sentimiento de orfandad y desamparo, difícilmente explicable desde
el único punto de vista afectivo. Como sorprendente contraste, a la
aparente tranquilidad diurna y vespertina que el marcado ambiente familiar
y conservador lleva consigo, la gente joven y madura se desvive por divertirse
de noche y a toda marcha. Son muchos los que planean durante el día
las cenas y el tomar una copa o ciento, dependiendo de las ganas, edad y
dinero disponible. Los lugares son siempre los mismos, para la misma gente,
y el principal objetivo, matar el amenazante tedio y disfrutar contando al
día siguiente, con voz carrasposa y con
todo lujo de detalles, lo que se ha divertido uno, aunque el rollo haya
sido de órdago, cosa, la del aburrimiento, que hasta hace poco no
rezaba con nuestro hombre, pues había evitado, sin desmayo, ser engullido
por los mármoles de turno que, en Las Villas, son mineral abundante.
Durante los primeros años,
nuestro amigo había disfrutado sin freno de las ventajas de este lugar
especial y casi exclusivo, mezclándose con todo tipo de gentes. Ligues, coqueteos desenfrenados, noches en blanco y rosa, deporte como excusa
para sobrevivir en aquel desorden y, sobre todo, olvido absoluto de la realidad
inmediata. Pero, poco a poco, aquello se fue quedando atrás con los
años. Los lugares cien veces visitados; los
rostros, cien mil veces sonreídos, saludados o besados; las bromas, millones de veces repetidas,
acaban por agotar la paciencia, incluso la del mejor amante de las rutinas.
Por eso, después de veinte años, conseguir que cada día
siguiera pareciendo o incluso fuera diferente del anterior, se había
convertido en una especie de juego nada sencillo de jugar y cada vez más
difícil de ganar.
Pero él, durante los primeros
días de las nuevas y radiantes vacaciones, se había propuesto,
siendo, una vez más, fiel a sus principios inamovibles, pues eran impuestos
por esa fuerza superior que siempre le impulsaba en momentos de incertidumbre
o debilidad, conseguir lo imposible en Las Villas, divertirse, relajarse
y enterrar toda la mierda que había acumulado durante el más
que difícil invierno, pasado bajo la permanente agresión a
que, por el devenir de la jodida empresa, le habían impuesto sin consideración
alguna. Algún día, no muy lejano, se tomaría la revancha,
pues si algo le distinguía del resto de sus compatriotas es que era
un magnífico corredor de fondo, y
aunque en las distancias cortas también obtenía excelentes
resultados, siempre prefirió batirse en carreras de larga duración
que, a
su entender, daban resultados mucho más justos, satisfactorios
y definitivos.Dedicar algunas horas al día a navegar en el mar había resultado
muy saludable. Dormir, sin consideración de las horas empleadas en
ello, también lo era, y holgar, dando largos paseos por las playas,
tenía la enorme compensación de los magníficos atardeceres,
llenos de intensos colores, que hacían única la observación
de dorados cuerpos de indudable sabor
erótico y salado. Pocos, dudo que sean
muchos, conocen lo excitante que resulta observar con un catalejo un joven
cuerpo, apenas maduro, de piel bronceada y dorada melena, lacia o recogida
en altivo y apretado moñete. Recoger
la imagen lejana, cazarla, y seguirla mientras se aproxima para, después,
alejarse de nosotros, o mientras descansa al sol en total y sensual abandono , resulta apasionante. La envidiable
y aparente posesión que el sol hace de esos cuerpos que, tumbados
e inertes sobre la arena, parecen tener solo la vida que la
luz les brinda, era un pensamiento que seguía provocándole
cada día mayor entusiasmo. No sería necesario dar más
explicaciones, pero conviene decir que nuestro hombre había mirado
tantas hembras en su vida, sintiendo el placer supremo de recrearse en ellas
como en la mejor obra de la naturaleza, que
solo la grandiosidad del mejor cuadro o de las montañas, valles y
ríos podrían superar el éxtasis que la visión
de la mujer despertaba en él. "Solo Visconti sabe mirar mejor que
yo... y no estoy del todo seguro" decía con frecuencia. "Lo que siento
es no ser director de cine y trasladar a una buena película mi especial
forma de ver el cuerpo de la mujer y las sensaciones
que eso me produce. Creo haber alcanzado un refinado sentido de observación
de la naturaleza, en cualquiera de sus múltiples expresiones, que
me ha unido a ella para siempre". "Con la observación
de la mujer me ocurre lo mismo que con la de otras hermosas manifestaciones
del universo conocido, jamás me aburre, siempre encuentro algún
nuevo rincón
capaz de sorprenderme. Pero la mujer no permite una total aproximación
sin riesgo de comenzar a desmoronarse, lenta o súbitamente,
haciendo peligrar el interés en ella como naturaleza muerta o animada
y al final resulta necesario dar paso al romance, al amor o al sexo, para evitar
la catástrofe, la auto castración
o el suicidio". "Se empieza por besar un culo y se termina construyendo un
altar a todos los hermosos culos de este mundo"
o
"Se empieza por levantar un altar a todos los hermosos
culos de este mundo y se termina besando, uno a uno, gran parte de ellos.
Es difícil abandonar esa costumbre una vez adquirida y practicada sin
mesura ni complejos".
"Entre culo y culo todo lo demás es puro entretenimiento y corta
o larga espera". "Se alzarán contra mí las mujeres que todavía
no lo hayan hecho, renunciando a mi adoración, estético
lasciva, en nombre de sesudas aspiraciones
de ser admiradas por su condición
humana y por sus adquiridos derechos de hembra auto
asexuada y castradora del macho intrépido
y arrogante que jamás renunciaré a ser". "Entiendo y admito
sus aspiraciones, pero ellas deberían
admitir y tolerar las mías. De esa forma la violencia o la ternura
entre los sexos recobrarían una especial dimensión erótica
difícilmente superable por otras especies vivas. De no ser así,
de mantenerse la actual y malsana competencia entre
sexos, la homosexualidad se extenderá
y la especie se extinguirá
sin remedio, si la reproducción hermafrodita
no surge de nuevo. Ellas en brazos de ellas, ellos en brazos
de ellos, un hermoso panorama
para el crepúsculo del ser humano, el aquelarre del mirón".
Este era el último y constante
discurso de nuestro veraneante ocasional, que queda aquí transcrito
para su conocimiento por aquellas que tuvieron el privilegio o el espanto
de conocerle. Todos estos pensamientos, parte mínima de su desbordado
y zarzuelero diálogo interior, cobraba naturaleza de obra maestra,
una y otra vez, cuando extasiado pasaba horas bajo la luz del dorado sol
poniente que, cayendo a sus espaldas sobre el oeste, iluminaba los atardeceres
del Mediterráneo, extrayendo, del mar, los azules en calma más
intensos y, de las playas, el cobre salado de los cuerpos de su bestias sagradas,
lamidas y acariciadas, día tras día, por la luz en su lánguido abandono sobre la arena. "Azul
en calma", "Cobre salado", bajo los ecos del "Amor y la vida de una mujer"
de Robert Schumann, colores seda-salitre, colores del sexo añorado
y de la ambición de poder cedido débil y majestuosamente.
El verano fue transformado en una continuada actividad. El barco, las cenas, los paseos, las cálidas siestas tras sabrosas comidas fueron ocupando todo su tiempo, tiempo cada vez más escaso y fugaz que iba escapando a todo orden y control.
Montañas grandiosas, ríos y arroyos caudalosos, de aguas
transparentes y frías, hoteles en rápida ocupación y
abandono, restaurantes, bares, se fueron sucediendo como por encanto, en
un febril recorrido de carreteras y caminos. 1400 km en coche y más
de cincuenta a pie, todo un récord. Y en Ordesa, en el camino hacia
la famosa Cola de Caballo, el milagro: La musa que alimentará la caliente
imaginación de nuestro inquieto protagonista durante mucho tiempo,
tal vez durante años. Una diosa sajona de larguísimas piernas,
jóvenes y tersas como cera bronceada, les adelantó, mientras,
en un alto del camino, él tomaba imágenes de su acompañante
junto a un haya, enraizada sobre una hermosa roca cubierta de luminoso musgo
verde fresco. A una seña de ella, él desvió la cámara
hacia su derecha enfocando la aparición por unos segundos, que siempre
lamentará fueran tan escasos. La joven diosa caminaba con energía
y rapidez como si la ascensión fuera el paseo por un parque urbano,
poco después se perdió con su amiga-acompañante, tras
dar un ligero tropezón, por
un recodo del sendero. Minutos más tarde las volvieron a encontrar,
sentadas junto al camino, mientras hacían un breve alto para tomar
bocado y recuperar energías. Fue entonces
cuando, él, vio su divino rostro delicado
y atractivo de Minerva-Venus-Afrodita y una
sublime sonrisa, el bello saludo de sus labios.
Sintió deseos de fotografiarla, pero no pudo. La
belleza siempre sobrecoge y acobarda al ser descubierta y sorprendida
en su inocencia y esplendor. Poco después ellas les adelantaron cuando,
en un encantador rincón, tomaban fuerzas y alimento. De nuevo las
miradas se cruzaron en un acto de mutuo saludo. "¿La veré de
nuevo?", se preguntó. La
cosa comenzaba a cobrar especial interés. El destino, una vez
más, se empeñaba, caprichosamente, en brindarle belleza animada,
realzada por un marco de belleza estática y dinámica absolutas
y arropada por el intrépido murmullo de las cascadas del río
Ara. Pero ni aquella mañana, ni aquella tarde estaba escrito que nuestro
hombre pudiera disfrutar de otra belleza que la que
el valle ofrece generosamente en toda su extensión. Salvajes y sonoras cascadas, encajadas entre abruptas montañas,
y una vegetación exuberante fueron suficiente atractivo para olvidar
la fugaz aparición durante el resto de la larga peregrinación
hasta la Cola del Caballo, durante el descanso allí y en el camino
de
regreso. Pero el destino es imprevisible y por la noche cuando, después
de cenar en "El Rebeco" de Torla, fueron a tomar una copa en un curioso barecito,
allí estaba la diosa con su amiga. Su larga y rubia melena, un jersey
rojo y unos ceñidos pantalones color carne marina, que magnificaban
las espléndidas piernas de firmes muslos
y pantorrillas, llenaban aquel pequeño y acogedoramente decorado lugar,
borrando cualquier otra existencia animal, vegetal o mineral de la vista
de nuestro amigo.
Fue aquello tan imprevisto que
tan siquiera se atrevió a saludarla, lo que sí hizo su ocasional
compañera de aventuras. Louis Amstrong y Ella Fitzgerald inundaban
con una entrañable melodía cada ángulo del lugar, la
magia de aquellos instantes llenó de gozo el corazón de nuestro
personaje y empezó a pensar que su amigo del cielo le enviaba un nuevo
presente, como ya había hecho con el excelente tiempo y con la facilidad
para encontrar alojamiento en cada uno de los lugares que
habían visitado. Se acercaba el final de una fulgurante excursión
que había transcurrido sin contratiempos de ningún tipo y, milagrosamente,
se le brindaba la oportunidad de idealizar un encuentro casual pero poco
frecuente, ya que el físico de la bella no es normal entre las gentes
que frecuentan y caminan por esos lugares de Dios. Si la montaña albergara
semejante tipo de criatura, no sería montaña sino pasarela
de moda. Mirando de reojo encontró, una y otra vez, su cálida
y expectante mirada, pero siguió sin atreverse a entablar conversación,
cosa que hubiera sido bien fácil de haberlo intentado, pues cuando
uno esta acompañado por una mujer como su acompañante, la cosa
suele producirse de forma casi espontánea. El caso fue que las melodías
de los cuarenta se sucedieron, que la bella se acercó a la barra,
exactamente junto a él, y que pidió otra copa al simpático
camarero, que ellos se sentaron después cerca de ellas, pero era tal
su incapacidad para intentar un acercamiento que al final, cuando ellas se
fueron, dejando "la diosa" una estela de muda admiración en los que
allí seguían, él le dijo, guasonamente, a su compañera:
"Si vuelvo a encontrarla será la señal definitiva de que Dios
la ha puesto en mi camino y, por tanto, en mi vida".
Al día siguiente, cuando
dejaban Torla, después de fotografiar todos los rincones de la preciosa
aldea, ellas hacían auto-stop en el cruce
de salida a la carretera principal, con un cartel que indicaba "Biescas".
El, confuso y sorprendido, saludó a través de la ventanilla,
sin apenas detenerse. Ella le miró con
disgusto, incluso con algo de rabia, al ver que el coche no se detenía
y que, desde el interior, un sonriente cabronazo le decía adiós
con la mano. "¿ Porqué no paras ? - preguntó su acompañante
- "porque cien metros más allá, por la derecha se va a Biescas
y nosotros tenemos que doblar a la izquierda para ir hacia Ainsa". Fue de
tal calibre la confusión de pensamientos que se organizo en su mente,
a partir de aquel El viaje con aquella diosa a Biescas hubiera sido la mejor bendición del verano, incluso del Verano-Otoño de su vida, así como el principio de una más que posible, inesperada e imprevisible aventura, pues el destino final de esa reina dorada está indudablemente con él, entre sus sabanas, pero con su maldita timidez lo ha retrasado, y quien sabe hasta cuando.
1
( Versión ofrecida por nuestro hombre años después, sentados, él y yo, en un café de Boston junto al Hotel Ritz ).
"Las vimos haciendo auto-stop cuando
salíamos de Torla con dirección a Ainsa. Ella, soberbia y erguida,
con la melena oro brillante agitada por la fuerte brisa, mantenía
en su mano derecha un cartel blanco que indicaba el destino previsto, "Biescas",
lugar trágico ese verano. Detuve el coche sin hacer caso de la ineficaz
protesta de mi acompañante, y bajando la ventanilla les pedí
que subieran.
Ella me sonrió, como solo
saben hacerlo las diosas, penetrándome hasta lo más profundo
del corazón de macho hambriento de sexo y ternura,
mi pareja refunfuñaba algo incomprensible, incomoda por la imprevista
jugarreta del destino. Mientras, yo, bajaba del coche
para instalar su escaso equipaje en el maletero; les di un par de besos de presentación
a cada una y me quedé mirando fijamente la cara de Betina, la diosa, mientras ella se deshacía en explicaciones
sobre el tiempo que llevaban esperando que les recogieran y agradecía
nuestra cortesía. Yo le dije que todo aquello era algo más
que cortesía, que era cosa del destino, ya que después de habernos
cruzado cuatro veces, en dos días, algo debía tenernos preparado
cuando en la quinta ocasión que nos veíamos terminaba, al fin,
junto a mi, en mi coche, y con destino a Biescas. Ni se me ocurrió
decirle que nuestro destino, hasta encontrarla, era Ainsa, que estaba en
dirección totalmente opuesta; de eso se encargó mi pareja,
con una pizca de ironía, minutos después,
cuando tomábamos la carretera de la derecha, doscientos metros más
allá del punto donde les habíamos recogido en la salida de Torla.
Si alguien me hubiera dicho que
yo haría el amor con Betina, aquella misma
noche, en su tienda de campaña, después
de inventarnos mil triquiñuelas para alejarnos de mi pareja y de su amiga
y que te contaré algún día. Si alguien me hubiera dicho
que en uno de los descansos de amor y sexo me quedaría dormido, para
despertar gritando y braceando, desesperado, en un aluvión
de agua y que si no hubiera sido por ella sería una víctima
más de la tragedia de Biescas.
mensaje me hubiera venido firmado por mi divino y celestial protector.
Pero así fue y ha sido.
Cuando caminamos por esas montañas
de Dios y Betina, con su juventud y enorme energía, "tira" de mi, yo
experimento placer de dioses en regreso al Olimpo
tras inútil batallar con los humanos, es como si todas las hijas de Júpiter salieran a recibirme
con vino fresco para calmar mi sed y restañar las heridas, de viejo
macho, que sangran Icor.
Esta mujer es una diosa, mi diosa, la diosa que ha hecho renacer mi apetito
sexual y mi ambición de vida. Hace un año, exactamente un año,
estuvimos de nuevo en Ordesa, en una de nuestras excursiones por el Monte
Perdido, ella desapareció delante de mi hacia la cumbre; cuando conseguí, casi asfixiado,
llegar arriba, la vi recostada sobre una roca, completamente desnuda, hablando con el cielo.
Llegué a su altura, miré el grandioso Valle del Ara y me arrodillé besando mis lágrimas
sobre sus pies helados. Así es en esos momentos mi relación
con los dioses que la enviaron. FIN.
-Te has enamorado de un sueño. Como todos.
-Como todos, ¡no!. Betina está a menos de trescientos metros de nosotros.
-De todas formas es un sueño. Tu sueño de una tarde de verano.
-Sea. Amén.