A veces los actuales o remotos sueños
del corazón de las gentes se materializan por azar, como si se hicieran
realidad los cuentos de hadas de nuestra infancia, de los que tan
gratos recuerdos guardamos. Ha sido la In
fanta
Cristina quien hoy encarna parte de esas hermosas pero irrealizables fantasías
que tanto tiempo ocupa a los tiernos infantes de todas las épocas.
¿Quién no idealizó el amor infantil recreando triunfos
sobre dragones y otros terribles enemigos que terminaban en romances con
príncipes y princesas? ¿Cuantas niñas y jovencitas
han pensado en ser princesas? ¿Cuantos niños o jovencitos,
e incluso no tan jovencitos, han hecho volar su imaginación hacia
princesas llenas de encanto y bondad, presas de la tiranía de algún
malvado?. No sería arriesgado afirmar que son muchos los humanos
que han recreado su
espíritu,
desde el principio de los siglos, con tan mágicos como irrealizables
deseos.
Ese universo, inalcanzable para los mortales comunes, que la humanidad ha llenado desde sus orígenes de dioses, diosas, reyes, príncipes y princesas, sigue intacto en su esencia a finales de la era de la razón pura, y continúa envolviendo, con innegable encanto, la vida de los ciudadanos de todo el mundo. Se debe reconocer, no sin gran sorpresa, que una desbordante iconografía de iconos de carne y hueso, repuebla el final del siglo de mayor desarrollo tecnológico y de acelerado avance de los estados del bienestar. Las masas consumen con avidez todo lo relacionado con la información rosa o del corazón y sensibilidad y sensiblería rebosan por todos los poros de los humanos. Los políticos, racionales y pragmáticos, entran en la consideración de estos nuevos mitos y les conceden especial valor. Los medios de comunicación encuentran, en recrearlos y potenciarlos, una imprevista fuente de crecientes e inesperados ingresos, y ofrecen sin rubor lo que sus públicos demandan, cada día con mayor ansiedad, como si hubieran descubierto una puerta de salida y un estimable adorno de la cruda y árida realidad que envuelve la vida vulgar.
Un
funeral y una boda han protagonizado el mundo de las noticias del principio
de curso 97/98, en un apasionante y rosado final de Verano y principios
de Otoño. La trágica muerte de Lady Di provocó una
de las mayores convulsiones emocionales a nivel internacional, y ha marcado
el principio de una nueva mitología universal para siglo que se
nos viene encima. Los que hemos viajado por las ondas y las autopistas
electrónicas de la información hemos podido comprobar los
innumerables testimonios de dolor que han quedado almacenados para consulta
y masiva difusión. Desde la CNN y ABC News a las web y medios de
comunicación más modestos han ofrecido información
gráfica y audiovisual sobre la vida y muerte de la Princesa de Gales.
Han contado la
historia
y siguen noticiando su epílogo con todo lujo de detalles. La publicación
de las fotos del accidente, con el moribundo rostro de Diana, es el único
documento que se está haciendo esperar, aunque supongo que no por
mucho tiempo. Nuevos y escandalosos libros harán posible mantener
durante meses el interés en esta "Real Doncella" y no faltarán
razones e intereses para mantenerla en los altares de la fama hasta bien
entrado el XXI.
Un
acontecimiento feliz, la boda de nuestra Infanta, también
ha alcanzado difusión mundial y ha sido recibido como postre delicioso,
especialmente en los países de habla hispana, tras la angustia colectiva
desencadenada por el inesperado fin de Diana. También en este caso
la CNN, ABC News y otros muchos medios han cubierto la información
con pródigo interés.
Dicho
lo anterior, entro de lleno en las reflexiones que me ha provocado la boda
real. Barcelona ha conseguido poner un punto de inflexión en la
trayectoria que el pujolismo ha marcado en los catalanes, aunque todo hubiera
sido distinto si la Infanta no hubiese sido residente en Barcelona. El
pueblo catalán se ha volcado con la Infanta y ha hecho de ella su
Princesa, y en eso se refleja, una vez más, el afán de este
pueblo por solo reconocer lo propio y evitar el más mínimo
menoscabo su identidad. En esta ocasión, hasta los corazones más
duros han tenido, con la cacareada promoción de su bella tierra,
una razón de peso para consentir y aplaudir la boda en su feudo,
aplauso, que contra todo pronóstico, ha ido más allá
de lo que la simple
cortesía
y sus políticos les pedían. Las gentes abarrotaron las calles
y, siguiendo el ejemplo de la paciente acampada de los sufridos durmientes
ingleses, muchos hicieron guardia nocturna para poder presenciar de cerca
el cortejo nupcial. La entrega al acontecimiento real ha sido todo un símbolo
del posible e inmediato futuro de un pueblo que, tristemente manipulado
por la rancia y victimista política nacionalista, siempre se ha
mantenido de espaldas al resto de los pueblos de España, como durante
años hizo con el amplio horizonte que el mar les ofrecía.
Europa está inmersa en una corriente mágica de admiración e idealización de la parafernalia monárquica, la realeza y las monarquías han encontrado su mejor aliado en los medios de comunicación, los políticos ven aliviado el peso de su púrpura y más de un sesudo burócrata republicano encuentra estas reacciones del pueblo totalmente inauditas.
La
belleza que ofrecen estos espectáculos es sobrecogedora, siempre
celebrados en impresionantes escenarios,
legados de un pasado lleno de ostentosas, hermosas y ensoñadoras
construcciones monumentales, obras de arte que fueron representación
y símbolo del poder secular divino y humano detentado por la Iglesia
y la Monarquía. Cuando las almas sencillas vemos pisar estos escenarios
por los descendientes de aquellos poderosos reyes, ellas vestidos con llamativos
y agradables colores, ellos de grave color negro y los sacerdotes con sus
ampulosos y tradicionales ropajes eclesiásticos, nos
sentimos
transportados a lejanos paraísos de errática y sangrienta
historia donde el poder omnipotente de reyes y papas sacudía, no
siempre con justicia, la vida de sus súbditos.
Nuestra civilización se asienta sobre
un agitado pasado en el que la vida del individuo/súbdito apenas
tenía valor para sus gobernantes, como tampoco lo tenía la
de aquellos que osaran traicionar al rey. Solo el pueblo inglés
fue capaz de influir de forma especial sobre sus reyes a lo largo de los
siglos, pero otros muchos pueblos soportaron el absolutismo más
feroz
o la incapacidad de sus monarcas y tuvieron que recurrir a medios también
feroces para dar al traste con sus reyes. Pero un país feudal como
el nuestro, cuyo esplendor apenas se mantuvo poco más de 100 años
y en el que los reyes que después se sucedieron, sangrados por una
ciega aristocracia, fueron poco ejemplares por sus dotes de gobierno, es
uno de los pocos países en el que después de muchos años
parece consolidarse una monarquía parlamentaria sostenida por un
corazón colectivo. Son muy pocos los que en la actualidad desean
dejar la primera representación del Estado a la clase política,
pues presienten que la vida
ciudadana
se envilecería como ocurrió en sucesivas épocas y
en pocos años de reciente democracia. Parece que la sabiduría
popular consentirá este tipo de monarquía como ha consentido
a su Iglesia y como adora a sus santos.
La España profunda y la España
moderna se divierten y relajan con la observación sus reyes portada
y será difícil que llegue prescindir de ellos mientras que
la razón, los burócratas y los medios de comunicación
no lo decidan. Pero incluso en ese hipotético caso el pueblo tendrá
la última palabra, aunque jamás le
consultaran
para la instauración de la monarquía de Don Juan Carlos,
cosa que como todos sabemos estaba atada y bien atada por un viejo y casi
olvidado general que reinó absolutamente sobre todos los españoles,
casi tantos años como la Reina Victoria en Inglaterra, sembrando
el indudable germen de la actual y bien medida devoción que el español
tiene hacia los jefes de estado que se alejan de las rencillas partidistas
y las "miserias" del día a día. Nada tiene sentido ante la
razón y mucho menos en este surrealista país, donde el individualismo
y el escepticismo ante
los
verdaderos gobernantes, de a pie, crece con el correr de los tiempos. Que
los monarcas hagan más soportable nuestra débil y maltrecha
democracia es la mejor función que pudiera atribuírseles.
Así sea, y que Dios conceda felicidad a la Princesa de Barcelona
que ahora puede ser la mejor embajadora del Estado en los Países
Catalanes.

Palacio Real de Madrid (foto)
PR.-Salón del Trono(foto)
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