A&D
        Escudo de la Casa Real
        La boda de la Infanta Cristina,
        Duquesa de Palma de Mallorca y Princesa de Barcelona
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        Serán felices...y comerán perdices.
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        A veces los actuales o remotos sueños del corazón de las gentes se materializan por azar, como si se hicieran realidad los cuentos de hadas de nuestra infancia, de los que tan gratos recuerdos guardamos. Ha sido la Infanta Cristina quien hoy encarna parte de esas hermosas pero irrealizables fantasías que tanto tiempo ocupa a los tiernos infantes de todas las épocas. ¿Quién no idealizó el amor infantil recreando triunfos sobre dragones y otros terribles enemigos que terminaban en romances con príncipes y princesas? ¿Cuantas niñas y jovencitas han pensado en ser princesas? ¿Cuantos niños o jovencitos, e incluso no tan jovencitos, han hecho volar su imaginación hacia princesas llenas de encanto y bondad, presas de la tiranía de algún malvado?. No sería arriesgado afirmar que son muchos los humanos que han recreado su espíritu, desde el principio de los siglos, con tan mágicos como irrealizables deseos.

        Ese universo, inalcanzable para los mortales comunes, que la humanidad ha llenado desde sus orígenes de dioses, diosas, reyes, príncipes y princesas, sigue intacto en su esencia a finales de la era de la razón pura, y continúa envolviendo, con innegable encanto, la vida de los ciudadanos de todo el mundo. Se debe reconocer, no sin gran sorpresa, que una desbordante iconografía de iconos de carne y hueso, repuebla el final del siglo de mayor desarrollo tecnológico y de acelerado avance de los estados del bienestar. Las masas consumen con avidez todo lo relacionado con la información rosa o del corazón y sensibilidad y sensiblería rebosan por todos los poros de los humanos. Los políticos, racionales y pragmáticos, entran en la consideración de estos nuevos mitos y les conceden especial valor. Los medios de comunicación encuentran, en recrearlos y potenciarlos, una imprevista fuente de crecientes e inesperados ingresos, y ofrecen sin rubor lo que sus públicos demandan, cada día con mayor ansiedad, como si hubieran descubierto una puerta de salida y un estimable adorno de la cruda y árida realidad que envuelve la vida vulgar.

        Un funeral y una boda han protagonizado el mundo de las noticias del principio de curso 97/98, en un apasionante y rosado final de Verano y principios de Otoño. La trágica muerte de Lady Di provocó una de las mayores convulsiones emocionales a nivel internacional, y ha marcado el principio de una nueva mitología universal para siglo que se nos viene encima. Los que hemos viajado por las ondas y las autopistas electrónicas de la información hemos podido comprobar los innumerables testimonios de dolor que han quedado almacenados para consulta y masiva difusión. Desde la CNN y ABC News a las web y medios de comunicación más modestos han ofrecido información gráfica y audiovisual sobre la vida y muerte de la Princesa de Gales. Han contado la historia y siguen noticiando su epílogo con todo lujo de detalles. La publicación de las fotos del accidente, con el moribundo rostro de Diana, es el único documento que se está haciendo esperar, aunque supongo que no por mucho tiempo. Nuevos y escandalosos libros harán posible mantener durante meses el interés en esta "Real Doncella" y no faltarán razones e intereses para mantenerla en los altares de la fama hasta bien entrado el XXI.

        Los UndargarínUn acontecimiento feliz,  la boda de nuestra Infanta, también ha alcanzado difusión mundial y ha sido recibido como postre delicioso, especialmente en los países de habla hispana, tras la angustia colectiva desencadenada por el inesperado fin de Diana. También en este caso la CNN, ABC News y otros muchos medios han cubierto la información con pródigo interés.

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        Dicho lo anterior, entro de lleno en las reflexiones que me ha provocado la boda real. Barcelona ha conseguido poner un punto de inflexión en la trayectoria que el pujolismo ha marcado en los catalanes, aunque todo hubiera sido distinto si la Infanta no hubiese sido residente en Barcelona. El pueblo catalán se ha volcado con la Infanta y ha hecho de ella su Princesa, y en eso se refleja, una vez más, el afán de este pueblo por solo reconocer lo propio y evitar el más mínimo menoscabo su identidad. En esta ocasión, hasta los corazones más duros han tenido, con la cacareada promoción de su bella tierra, una razón de peso para consentir y aplaudir la boda en su feudo, aplauso, que contra todo pronóstico, ha ido más allá de lo que la simple cortesía y sus políticos les pedían. Las gentes abarrotaron las calles y, siguiendo el ejemplo de la paciente acampada de los sufridos durmientes ingleses, muchos hicieron guardia nocturna para poder presenciar de cerca el cortejo nupcial. La entrega al acontecimiento real ha sido todo un símbolo del posible e inmediato futuro de un pueblo que, tristemente manipulado por la rancia y victimista política nacionalista, siempre se ha mantenido de espaldas al resto de los pueblos de España, como durante años hizo con el amplio horizonte que el mar les ofrecía.

        Europa está inmersa en una corriente mágica de admiración e idealización de la parafernalia monárquica, la realeza y las monarquías han encontrado su mejor aliado en los medios de comunicación, los políticos ven aliviado el peso de su púrpura y más de un sesudo burócrata republicano encuentra estas reacciones del pueblo totalmente inauditas.

        La belleza que ofrecen estos espectáculos es sobrecogedora, siempre celebrados en impresionantes escenarios, legados de un pasado lleno de ostentosas, hermosas y ensoñadoras construcciones monumentales, obras de arte que fueron representación y símbolo del poder secular divino y humano detentado por la Iglesia y la Monarquía. Cuando las almas sencillas vemos pisar estos escenarios por los descendientes de aquellos poderosos reyes, ellas vestidos con llamativos y agradables colores, ellos de grave color negro y los sacerdotes con sus ampulosos y tradicionales ropajes eclesiásticos, nos sentimos transportados a lejanos paraísos de errática y sangrienta historia donde el poder omnipotente de reyes y papas sacudía, no siempre con justicia, la vida de sus súbditos.

        Nuestra civilización se asienta sobre un agitado pasado en el que la vida del individuo/súbdito apenas tenía valor para sus gobernantes, como tampoco lo tenía la de aquellos que osaran traicionar al rey. Solo el pueblo inglés fue capaz de influir de forma especial sobre sus reyes a lo largo de los siglos, pero otros muchos pueblos soportaron el absolutismo más feroz o la incapacidad de sus monarcas y tuvieron que recurrir a medios también feroces para dar al traste con sus reyes. Pero un país feudal como el nuestro, cuyo esplendor apenas se mantuvo poco más de 100 años y en el que los reyes que después se sucedieron, sangrados por una ciega aristocracia, fueron poco ejemplares por sus dotes de gobierno, es uno de los pocos países en el que después de muchos años parece consolidarse una monarquía parlamentaria sostenida por un corazón colectivo. Son muy pocos los que en la actualidad desean dejar la primera representación del Estado a la clase política, pues presienten que la vida ciudadana se envilecería como ocurrió en sucesivas épocas y en pocos años de reciente democracia. Parece que la sabiduría popular consentirá este tipo de monarquía como ha consentido a su Iglesia y como adora a sus santos.

        La España profunda y la España moderna se divierten y relajan con la observación sus reyes portada y será difícil que llegue prescindir de ellos mientras que la razón, los burócratas y los medios de comunicación no lo decidan. Pero incluso en ese hipotético caso el pueblo tendrá la última palabra, aunque jamás le consultaran para la instauración de la monarquía de Don Juan Carlos, cosa que como todos sabemos estaba atada y bien atada por un viejo y casi olvidado general que reinó absolutamente sobre todos los españoles, casi tantos años como la Reina Victoria en Inglaterra, sembrando el indudable germen de la actual y bien medida devoción que el español tiene hacia los jefes de estado que se alejan de las rencillas partidistas y las "miserias" del día a día. Nada tiene sentido ante la razón y mucho menos en este surrealista país, donde el individualismo y el escepticismo ante los verdaderos gobernantes, de a pie, crece con el correr de los tiempos. Que los monarcas hagan más soportable nuestra débil y maltrecha democracia es la mejor función que pudiera atribuírseles. Así sea, y que Dios conceda felicidad a la Princesa de Barcelona que ahora puede ser la mejor embajadora del Estado en los Países Catalanes.

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